Al entrar
en la galería de arte sintió que su angustia y temor se desvanecían al
instante. Una bocanada de aire refrigerado, unido a la alegría de las formas y
colores que observaba, la hicieron respirar con alivio.
-¡Que belleza!-fueron sus únicas
palabras antes de desplomarse sobre el suelo.
La marchante,
que conversaba con el dueño de la galería y la autora de la exposición, lanzó
un ahogado grito al ver el incidente. Todos los asistentes dirigieron sus
miradas en la misma dirección.
-¡No se alarmen, no se alarmen!-Dijo
la mujer, muy nerviosa, aunque era obvio que la más alarmada era ella misma.
--¡Claro que no hay que
alarmarse!-Exclamó muy flemático el dueño del salón-Con éste tiempo es muy
normal que algunas jovencitas tengan bajones de tensión y sufran
lipotimias. Afortunadamente para
nosotros aquí disfrutamos de un climatizador excelente, pero la joven parecía muy sofocada
cuando entró por la puerta.
-Lo mejor será llevarla al sofá de
la oficina y darla un café bien cargadito cuando vuelva en sí-dijo la pintora a
la vez que se agachaba y la tomaba el pulso.
Todos los
clientes y curiosos que habían estado admirando los cuadros se habían
arremolinado alrededor del cuerpo desvanecido. Cuchicheaban y se hacían señas, llenos de curiosidad, en espera de que la
paciente se despertase y les aclarase lo sucedido.
-Por favor señoras, señores, sigan
observando la exposición y dejen paso-pidió amablemente el dueño de la
galería-No ha pasado nada, déjennos llevar a la señorita para que se siente y
descanse, ya ven que no hay nada que puedan hacer.
Apenas la
sentaron en el mullido y cómodo asiento de la oficina cuando se despertó, la
joven, muy desorientada. Miraba con estupor a cuantos objetos la rodeaban e
intentó sonreír, a las dos mujeres que la cuidaban, aunque apenas pudo esbozar
una mueca.
-Veo que ya te sientes mejor-dijo
aliviada la marchante de la galería-¿Te apetece un café con hielo o lo
prefieres de otra manera?
-Creo que con hielo me vendría muy
bien. Peo, no quisiera ocasionarles más molestias, seguro que habrá una
cafetería por aquí cerca- Dijo haciendo ademán de levantarse.
-No te preocupes. Y si no tienes
mucha prisa puedes quedarte a tomarte el café con nosotras-la aconsejó la
pintora-Yo no saldría tan pronto. Porque nosotras no te vamos a preguntar nada,
pero seguro que en cuanto salgas a la sala, te acribillarán los curiosos a
preguntas.
-Pues, no sabría que decirles, la
verdad. Soy la primera en estar sorprendida, no suelo tener lipotimias, pero hoy
entre el calor y lo acosada que me he sentido no lo he podido evitar.
Mientras se
tomaba el refrescante café, Sandra la chica del desmayo, les contó con toda
sinceridad el extraño acoso del que era víctima. La buena mujer no sabía de
quien se trataba, no tenía datos con los que poder denunciar a nadie. Tan solo
había recibido unas llamadas anónimas en las que nadie la había dicho ninguna
palabra, apenas había oído una morbosa y desagradable respiración, que la habían
resultado muy inquietantes. Luego había
decidido ir caminando hasta la boutique donde trabajaba, para hacer un poco de
ejercicio, pues no quedaba muy lejos de su casa. Por el camino había tenido
varias veces la sensación de que la seguían, incluso en algunos momentos, había
notado como la rozaban adrede. Se volvió a mirar hacia atrás en varias
ocasiones, pero todo fue en vano, comprobaba constantemente como las personas
que la rodeaban también se volvían y entre la multitud alguien se escondía.
-¿Quién ha sido?- Había llegado a
preguntar presa del pánico.
Nadie había
contestado a su pregunta. La multitud de personas que caminaban, por la
concurrida calle, se miraban mutuamente como si quisieran obtener la misma
respuesta. El calor y la angustia de sentir que algún chiflado la estaba
siguiendo la habían impulsado a entrar en la galería. Fue algo totalmente
inconsciente. Al ver entrar a un grupo de personas se introdujo entre ellas.
Temía que su veraniego top de cuadritos amarillos y blancos la impidiesen pasar
desapercibida y sentía que haber entrado en aquél local había sido un acierto.
Tan pronto como había visto la belleza de los desnudos que vestían las paredes
y el limpio, perfumado y freso aire se había sentido tan aliviada que no
comprendía el motivo de su desmayo.
-Seguro que al sentir alivio se
aflojaron tus tensiones y eso te condujo a tener una lipotimia. Pero para estar
más segura deberías ir al médico.- La explicó Lisa la pintora-¿Si quieres te
puedo acompañar a la clínica que hay en esta calle en el número dieciocho?
Aunque Sandra
se resistía a comprobar si su salud se había alterado, aceptó el ofrecimiento
de Lisa, comprobando aquella tarde que solo había padecido un bajón de tensión.
Desde el
día de la exposición surgió una gran amistad entre la pintora y Sandra que fue
creciendo diariamente. De tal manera que cuando volvía a tener sospechas de que
la seguían la tranquilizaba escuchar la voz de su amiga y seguir sus sabios
consejos, que solían ser siempre muy acertados.
-No sé, quizás me esté volviendo
paranoica, pero hoy al salir del trabajo volví a sentir que me seguían. Pero,
nadie me dijo nada y desde que le amenacé con avisar a la policía, como me
dijiste, no ha vuelto a llamar.
-No, no pienses que estás paranoica,
es normal que te preocupes después de lo que te ha estado sucediendo. Además,
pienso que no deberías bajar la guardia, puede que el acosador no haya dejado
de seguirte y esté usando diferente táctica, para que no le puedas delatar a la
policía.
Ante la
ansiedad que le producía el sentirse acosada y la falta de pruebas, Sandra que
cada vez salía menos y que ya no se sentía segura viviendo sola, decidió
aceptar el ofrecimiento de su amiga pintora y se fue a vivir con ella, aunque
solo fuese provisionalmente.
La había
costado mucho trabajo decidirse y empaquetar todas sus cosas, pero desde el
primer día en que cambió de domicilio, empezó a sentirse mejor. Lisa le parecía
un encanto, con ella jamás se aburría y le contagiaba su seguridad y buen humor
constantemente. Por su parte, la pintora que tenía sus dudas sobre si podría
adaptarse a compartir su espacio vital con otra persona, llegó a estar
encantada de poder hacerlo. No solo compartía equitativamente las tareas
domesticas con su nueva compañera de piso, además comprobaba que la vida en
común era más divertida y agradable en todos los sentidos. Incluso llegó a
convencer a Sandra para que posase desnuda para ella. No fue tarea fácil pues
tenía un sentido del pudor muy elevado, y si bien no le daba importancia a
desnudarse en el vestuario femenino de la piscina o la sauna, si se la daba al
hecho de que la pudiesen ver el público observador de las pinturas.
-No te preocupes. Si no te va a
conocer nadie. Seguro que pensarán que tu cuerpo es el de alguna de las modelos
que suelen posar en la escuela de Bellas Artes.
-En cuanto me vean las personas que
me conocen seguro que se dan cuenta de que soy yo y me muero de vergüenza.
-¿Pero, porqué? Tienes la suerte de
tener un cuerpo precioso y no tienes por qué avergonzarte de él. Ya quisieran
muchas personas tenerlo igual y poder tener el placer de verlo inmortalizado.
-El tuyo también es muy hermoso y
sin embargo no lo exhibes en los cuadros.
-¿Quién ha dicho que no? A lo mejor
lo has visto y no te has dado cuenta…
-¿De verdad? ¿Cuál de los que hay en
tu estudio es? Y dime quien te lo pintó. Me muero de curiosidad-Añadió Sandra
con picardía-¡Cuenta, cuenta! ¿Te lo pintó una pintora o fue un pintor?
-¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Es
que no pude hacerlo yo misma con un espejo?
-No te imagino posando y pintando a
la vez. Normalmente siempre eliges posturas, muy sugerentes, en las que no creo
que se pueda posar y mover los pinceles
a la vez.
-Pues eso es algo que no pienso
desvelarte a menos que te decidas a posar para mí.
La
curiosidad ayudó a Sandra a vencer su pudor y acabó cogiéndole gusto a posar
para su amiga Lisa. Era tan ingeniosa y ocurrente que siempre resultaba ameno
escuchar las anécdotas que la contaba mientras tomaba apuntes o la pintaba en
el lienzo. Cuando no deseaba hablar, porque necesitaba concentrarse, ponía
música clásica o blues y la cadencia de los sonidos era un gran placer para
ambas.
Pasaron los
meses, y aunque apenas recordaban el motivo que las había llevado a vivir
juntas, ya no se imaginaban la una sin la otra. Sandra se olvidó casi por completo
de su acosador y volvió a salir de casa sin ningún temor. Pero, estaba muy
lejos de haberse solucionado el problema. La seguridad de que disfrutaba en
compañía de su amiga pronto se vio aniquilada.
El acosador
que durante el tiempo en que se había mudado de apartamento la había perdido la
pista consiguió, después de varios intentos, reencontrar el rastro de su
víctima. No le resultó fácil dar con el paradero de su nuevo hogar. Pero si,
con el estudio de Lisa, donde pasaba la mayor parte de su tiempo libre.
Haciendo gala de toda su astucia, no se dio a conocer, aguardó ansiosa y
pacientemente hasta estudiar el terreno. Al principio se extrañó de que
estuviese viviendo en un sótano que ni siquiera parecía tener ventanas, o si
las tenía, no daban a la calle principal. Después de varios días acechando
comprobó que aquél local tenía grandes ventanales que daban a un callejón
interior. No imaginaba el motivo de que estuviesen cubiertos de grandes
cortinajes blancos. Aún así, se pasó días enteros a la espera de obtener información sobre lo
que ocurría en aquél lugar. Le extrañaba que se pudiesen pasar allí los días de
fiesta sin apenas salir un momento. Llegó incluso a preguntar a los vecinos si
sabían la clase de local que era fingiendo interés en comprarlo. La mayoría de
la gente a la que preguntaba no sabían informarle, pero hubo quien le contestó
vagamente que les parecía que era el estudio de una pintora o de una artista.
También le dijeron que posiblemente fuese un almacén, donde guardaban
mercancías, pues habían visto meter grandes cajas en él. Su intriga cada vez
crecía más y le resultaba más insoportable. Al ver que nadie le ayudaba a
desvelar el secreto y que acabaría poniéndose en evidencia decidió poner una
diminuta y discreta cámara de grabación.
Al principio no le sirvió de nada. El ángulo visual de la cámara no captaba
nada más que la parte del techo del estudio. Tampoco captaba más sonido que el
de la música o el de lejanas risas, pues solían hablar en voz baja casi con
susurros, o al menos eso le parecía al escucharlas.
Cuando ya
desesperaba de enterarse de lo que hacían las dos mujeres en aquél lugar, el
diminuto dispositivo de grabación se deslizó por uno de los ventanales
abiertos. Se enfureció tanto que le entraron ganas de llamar al timbre y
preguntar a bocajarro que hacían y porqué tapaban tanto los grandes tragaluces.
Hasta llegó a pensar en hacerse pasar por policía secreta para realizar un
registro. Mientras dilucidaba la táctica a seguir para informarse de lo que
hacían en aquél lugar, comprobó que la cámara se había deslizado en un ángulo
que le permitía tener una visión bastante amplia del local. Casi le dio por
gritar de pavor al ver como su adorada victima posaba desnuda. No veía el
caballete ni imaginaba que estuviese posando. Temía que estuviese acompañada
por algún individuo y de un momento a otro se envolviese en una bacanal. No se
explicaba a que estaba esperando. Y si bien, el observar su bello cuerpo
desnudo, en principio le causaba placer, la duda de lo que estaría por suceder
le mortificaba enormemente. Estaba tan petrificado en su escondite agazapado en
uno de los ventanales ocultos, que no se movió de allí en toda la noche pese a
que se apagaron las luces y el dispositivo de micro-grabación dejó de emitir
imágenes y sonidos.
Por la
mañana volvió a encenderse la luz en el estudio. Pudo observar como aquella
mujer que consideraba una entrometida se movía por el espacio, pero, no a su
víctima. Le costó trabajo enderezarse y salir de su escondrijo. Buscó un lugar
en la calle principal donde observar la salida del recinto sin ser visto. Aún
estaba el cielo obscurecido cuando vio, salir por el portal, a la confiada
Lisa. Sin pensárselo dos veces la cogió por el cuello en un movimiento rápido y
trató de arrebatarla el bolso en busca de sus llaves. La pintora que tenía muy
buenos reflejos pudo agarrar con firmeza sus posesiones, pero no impedir que la
presionase el cuello con ambas manos tratando de asfixiarla. No podía hablar,
sentía un pánico aterrador al comprobar que iba
perdiendo fuerzas, y en un último esfuerzo por defenderse abrió su neceser.
Tiró al suelo los pinceles y la espátula y apretó con todas sus fuerzas el
rascador de pintura que se resistió en un primer momento. Pero que al rasgar la
fina camiseta se clavó en el plexo solar de su atacante. Un chorro de liquido
viscoso se precipitó sobre ella. Aún así, no pudo gritar, las manos que la
atenazaban no cesaron en su empeño hasta sentir que ya no podía respirar.
Las luces
coloreadas del alba alumbraron a los madrugadores caminantes de la calle. No
tardaron en oírse gritos de terror y desconcierto unidos a los diferentes
sonidos de sirenas.
Mar Cueto
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