sábado, 7 de diciembre de 2013

EL ÚLTIMO DESNUDO

Al entrar en la galería de arte sintió que su angustia y temor se desvanecían al instante. Una bocanada de aire refrigerado, unido a la alegría de las formas y colores que observaba, la hicieron respirar con alivio.
            -¡Que belleza!-fueron sus únicas palabras antes de desplomarse sobre el suelo.
La marchante, que conversaba con el dueño de la galería y la autora de la exposición, lanzó un ahogado grito al ver el incidente. Todos los asistentes dirigieron sus miradas en la misma dirección.
            -¡No se alarmen, no se alarmen!-Dijo la mujer, muy nerviosa, aunque era obvio que la más alarmada era ella misma.
            --¡Claro que no hay que alarmarse!-Exclamó muy flemático el dueño del salón-Con éste tiempo es muy normal que algunas jovencitas tengan bajones de tensión y sufran lipotimias.  Afortunadamente para nosotros aquí disfrutamos de un climatizador  excelente, pero la joven parecía muy sofocada cuando entró por la puerta.
            -Lo mejor será llevarla al sofá de la oficina y darla un café bien cargadito cuando vuelva en sí-dijo la pintora a la vez que se agachaba y la tomaba el pulso.
Todos los clientes y curiosos que habían estado admirando los cuadros se habían arremolinado alrededor del cuerpo desvanecido. Cuchicheaban y se hacían señas,  llenos de curiosidad, en espera de que la paciente se despertase y les aclarase lo sucedido.
            -Por favor señoras, señores, sigan observando la exposición y dejen paso-pidió amablemente el dueño de la galería-No ha pasado nada, déjennos llevar a la señorita para que se siente y descanse, ya ven que no hay nada que puedan hacer.
Apenas la sentaron en el mullido y cómodo asiento de la oficina cuando se despertó, la joven, muy desorientada. Miraba con estupor a cuantos objetos la rodeaban e intentó sonreír, a las dos mujeres que la cuidaban, aunque apenas pudo esbozar una mueca.
            -Veo que ya te sientes mejor-dijo aliviada la marchante de la galería-¿Te apetece un café con hielo o lo prefieres de otra manera?
            -Creo que con hielo me vendría muy bien. Peo, no quisiera ocasionarles más molestias, seguro que habrá una cafetería por aquí cerca- Dijo haciendo ademán de levantarse.
            -No te preocupes. Y si no tienes mucha prisa puedes quedarte a tomarte el café con nosotras-la aconsejó la pintora-Yo no saldría tan pronto. Porque nosotras no te vamos a preguntar nada, pero seguro que en cuanto salgas a la sala, te acribillarán los curiosos a preguntas.
            -Pues, no sabría que decirles, la verdad. Soy la primera en estar sorprendida, no suelo tener lipotimias, pero hoy entre el calor y lo acosada que me he sentido no lo he podido evitar.
Mientras se tomaba el refrescante café, Sandra la chica del desmayo, les contó con toda sinceridad el extraño acoso del que era víctima. La buena mujer no sabía de quien se trataba, no tenía datos con los que poder denunciar a nadie. Tan solo había recibido unas llamadas anónimas en las que nadie la había dicho ninguna palabra, apenas había oído una morbosa y desagradable respiración, que la habían resultado muy inquietantes. Luego  había decidido ir caminando hasta la boutique donde trabajaba, para hacer un poco de ejercicio, pues no quedaba muy lejos de su casa. Por el camino había tenido varias veces la sensación de que la seguían, incluso en algunos momentos, había notado como la rozaban adrede. Se volvió a mirar hacia atrás en varias ocasiones, pero todo fue en vano, comprobaba constantemente como las personas que la rodeaban también se volvían y entre la multitud alguien se escondía.
            -¿Quién ha sido?- Había llegado a preguntar presa del pánico.
Nadie había contestado a su pregunta. La multitud de personas que caminaban, por la concurrida calle, se miraban mutuamente como si quisieran obtener la misma respuesta. El calor y la angustia de sentir que algún chiflado la estaba siguiendo la habían impulsado a entrar en la galería. Fue algo totalmente inconsciente. Al ver entrar a un grupo de personas se introdujo entre ellas. Temía que su veraniego top de cuadritos amarillos y blancos la impidiesen pasar desapercibida y sentía que haber entrado en aquél local había sido un acierto. Tan pronto como había visto la belleza de los desnudos que vestían las paredes y el limpio, perfumado y freso aire se había sentido tan aliviada que no comprendía el motivo de su desmayo.
            -Seguro que al sentir alivio se aflojaron tus tensiones y eso te condujo a tener una lipotimia. Pero para estar más segura deberías ir al médico.- La explicó Lisa la pintora-¿Si quieres te puedo acompañar a la clínica que hay en esta calle en el número dieciocho?
Aunque Sandra se resistía a comprobar si su salud se había alterado, aceptó el ofrecimiento de Lisa, comprobando aquella tarde que solo había padecido un bajón de tensión.
Desde el día de la exposición surgió una gran amistad entre la pintora y Sandra que fue creciendo diariamente. De tal manera que cuando volvía a tener sospechas de que la seguían la tranquilizaba escuchar la voz de su amiga y seguir sus sabios consejos, que solían ser siempre muy acertados.
            -No sé, quizás me esté volviendo paranoica, pero hoy al salir del trabajo volví a sentir que me seguían. Pero, nadie me dijo nada y desde que le amenacé con avisar a la policía, como me dijiste, no ha vuelto a llamar.
            -No, no pienses que estás paranoica, es normal que te preocupes después de lo que te ha estado sucediendo. Además, pienso que no deberías bajar la guardia, puede que el acosador no haya dejado de seguirte y esté usando diferente táctica, para que no le puedas delatar a la policía.
Ante la ansiedad que le producía el sentirse acosada y la falta de pruebas, Sandra que cada vez salía menos y que ya no se sentía segura viviendo sola, decidió aceptar el ofrecimiento de su amiga pintora y se fue a vivir con ella, aunque solo fuese provisionalmente.
La había costado mucho trabajo decidirse y empaquetar todas sus cosas, pero desde el primer día en que cambió de domicilio, empezó a sentirse mejor. Lisa le parecía un encanto, con ella jamás se aburría y le contagiaba su seguridad y buen humor constantemente. Por su parte, la pintora que tenía sus dudas sobre si podría adaptarse a compartir su espacio vital con otra persona, llegó a estar encantada de poder hacerlo. No solo compartía equitativamente las tareas domesticas con su nueva compañera de piso, además comprobaba que la vida en común era más divertida y agradable en todos los sentidos. Incluso llegó a convencer a Sandra para que posase desnuda para ella. No fue tarea fácil pues tenía un sentido del pudor muy elevado, y si bien no le daba importancia a desnudarse en el vestuario femenino de la piscina o la sauna, si se la daba al hecho de que la pudiesen ver el público observador de las pinturas.
            -No te preocupes. Si no te va a conocer nadie. Seguro que pensarán que tu cuerpo es el de alguna de las modelos que suelen posar en la escuela de Bellas Artes.
            -En cuanto me vean las personas que me conocen seguro que se dan cuenta de que soy yo y me muero de vergüenza.
            -¿Pero, porqué? Tienes la suerte de tener un cuerpo precioso y no tienes por qué avergonzarte de él. Ya quisieran muchas personas tenerlo igual y poder tener el placer de verlo inmortalizado.
            -El tuyo también es muy hermoso y sin embargo no lo exhibes en los cuadros.
            -¿Quién ha dicho que no? A lo mejor lo has visto y no te has dado cuenta…
            -¿De verdad? ¿Cuál de los que hay en tu estudio es? Y dime quien te lo pintó. Me muero de curiosidad-Añadió Sandra con picardía-¡Cuenta, cuenta! ¿Te lo pintó una pintora o fue un pintor?
            -¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Es que no pude hacerlo yo misma con un espejo?
            -No te imagino posando y pintando a la vez. Normalmente siempre eliges posturas, muy sugerentes, en las que no creo que se pueda  posar y mover los pinceles a la vez.
            -Pues eso es algo que no pienso desvelarte a menos que te decidas a posar para mí.
La curiosidad ayudó a Sandra a vencer su pudor y acabó cogiéndole gusto a posar para su amiga Lisa. Era tan ingeniosa y ocurrente que siempre resultaba ameno escuchar las anécdotas que la contaba mientras tomaba apuntes o la pintaba en el lienzo. Cuando no deseaba hablar, porque necesitaba concentrarse, ponía música clásica o blues y la cadencia de los sonidos era un gran placer para ambas.
Pasaron los meses, y aunque apenas recordaban el motivo que las había llevado a vivir juntas, ya no se imaginaban la una sin la otra. Sandra se olvidó casi por completo de su acosador y volvió a salir de casa sin ningún temor. Pero, estaba muy lejos de haberse solucionado el problema. La seguridad de que disfrutaba en compañía de su amiga pronto se vio aniquilada.
El acosador que durante el tiempo en que se había mudado de apartamento la había perdido la pista consiguió, después de varios intentos, reencontrar el rastro de su víctima. No le resultó fácil dar con el paradero de su nuevo hogar. Pero si, con el estudio de Lisa, donde pasaba la mayor parte de su tiempo libre. Haciendo gala de toda su astucia, no se dio a conocer, aguardó ansiosa y pacientemente hasta estudiar el terreno. Al principio se extrañó de que estuviese viviendo en un sótano que ni siquiera parecía tener ventanas, o si las tenía, no daban a la calle principal. Después de varios días acechando comprobó que aquél local tenía grandes ventanales que daban a un callejón interior. No imaginaba el motivo de que estuviesen cubiertos de grandes cortinajes blancos. Aún así, se pasó días enteros  a la espera de obtener información sobre lo que ocurría en aquél lugar. Le extrañaba que se pudiesen pasar allí los días de fiesta sin apenas salir un momento. Llegó incluso a preguntar a los vecinos si sabían la clase de local que era fingiendo interés en comprarlo. La mayoría de la gente a la que preguntaba no sabían informarle, pero hubo quien le contestó vagamente que les parecía que era el estudio de una pintora o de una artista. También le dijeron que posiblemente fuese un almacén, donde guardaban mercancías, pues habían visto meter grandes cajas en él. Su intriga cada vez crecía más y le resultaba más insoportable. Al ver que nadie le ayudaba a desvelar el secreto y que acabaría poniéndose en evidencia decidió poner una diminuta  y discreta cámara de grabación. Al principio no le sirvió de nada. El ángulo visual de la cámara no captaba nada más que la parte del techo del estudio. Tampoco captaba más sonido que el de la música o el de lejanas risas, pues solían hablar en voz baja casi con susurros, o al menos eso le parecía al escucharlas.
Cuando ya desesperaba de enterarse de lo que hacían las dos mujeres en aquél lugar, el diminuto dispositivo de grabación se deslizó por uno de los ventanales abiertos. Se enfureció tanto que le entraron ganas de llamar al timbre y preguntar a bocajarro que hacían y porqué tapaban tanto los grandes tragaluces. Hasta llegó a pensar en hacerse pasar por policía secreta para realizar un registro. Mientras dilucidaba la táctica a seguir para informarse de lo que hacían en aquél lugar, comprobó que la cámara se había deslizado en un ángulo que le permitía tener una visión bastante amplia del local. Casi le dio por gritar de pavor al ver como su adorada victima posaba desnuda. No veía el caballete ni imaginaba que estuviese posando. Temía que estuviese acompañada por algún individuo y de un momento a otro se envolviese en una bacanal. No se explicaba a que estaba esperando. Y si bien, el observar su bello cuerpo desnudo, en principio le causaba placer, la duda de lo que estaría por suceder le mortificaba enormemente. Estaba tan petrificado en su escondite agazapado en uno de los ventanales ocultos, que no se movió de allí en toda la noche pese a que se apagaron las luces y el dispositivo de micro-grabación dejó de emitir imágenes y sonidos.
Por la mañana volvió a encenderse la luz en el estudio. Pudo observar como aquella mujer que consideraba una entrometida se movía por el espacio, pero, no a su víctima. Le costó trabajo enderezarse y salir de su escondrijo. Buscó un lugar en la calle principal donde observar la salida del recinto sin ser visto. Aún estaba el cielo obscurecido cuando vio, salir por el portal, a la confiada Lisa. Sin pensárselo dos veces la cogió por el cuello en un movimiento rápido y trató de arrebatarla el bolso en busca de sus llaves. La pintora que tenía muy buenos reflejos pudo agarrar con firmeza sus posesiones, pero no impedir que la presionase el cuello con ambas manos tratando de asfixiarla. No podía hablar, sentía un pánico aterrador al comprobar que iba  perdiendo fuerzas, y en un último esfuerzo por defenderse abrió su neceser. Tiró al suelo los pinceles y la espátula y apretó con todas sus fuerzas el rascador de pintura que se resistió en un primer momento. Pero que al rasgar la fina camiseta se clavó en el plexo solar de su atacante. Un chorro de liquido viscoso se precipitó sobre ella. Aún así, no pudo gritar, las manos que la atenazaban no cesaron en su empeño hasta sentir que ya no podía respirar.
Las luces coloreadas del alba alumbraron a los madrugadores caminantes de la calle. No tardaron en oírse gritos de terror y desconcierto unidos a los diferentes sonidos de sirenas.


Mar Cueto Aller

LA LEYENDA DEL PEQUEÑO LAMA

LA LEYENDA  DEL PEQUEÑO LAMA
Lopsang Linchú tenía solo seis años cuando sus padres le llevaron desde su pequeña casa, situada en el valle de Lhasa bajo el Quomolang o Himalaya, hasta las cimas donde se halla el lamasterio palacio llamado Potala. Su padre iba ascendiendo en primer lugar tanteando el difícil sendero y mostrándole los pasos que debía seguir. Su madre le seguía muy de cerca ayudándole a levantarse cada vez que tropezaba y se caía. Ellos iban sonrientes, llenos de orgullo, pues consideraban un honor tener un hijo que llegase a ser lama y pudiese rezar por ellos y por el resto de la familia. Él por el contrario iba triste y temeroso. No sabía lo que le esperaba al llegar a su destino. Lo que si sabía es que ya no volvería a ver a sus padres, ni a jugar con sus hermanos, y eso le apenaba profundamente.
            -¿Cuánto falta pala llegal?-preguntó Linchú a su madre mientras ella le sacudía el polvo que se adhería a sus ropas al caerse.
            -Ciento ocho mil li. Mi quelido Yinghai -le respondía cariñosamente para indicarle que la distancia era aún muy lejana. Utilizaba el apodo con que solía llamarle, como si fuese una entidad angelical e infantil, por ser tan bueno, saltarín y juguetón.
Habían caminado durante tantas horas, desde que emprendieron el viaje, que le parecía imposible poder llegar a la cumbre. Ya estaba tan agotado que a pesar de que le aterraba separarse de su familia deseaba llegar y así poder descansar. Su padre se apiadó de él y aunque también se empezaba a cansar, un poco, lo subió sobre sus hombros al verle tan extenuado. Aunque sintió un fuerte vértigo no protestó. Pues mientras caminaba iba tan pendiente de las pisadas de su padre que no había tenido tiempo de observar el precipicio que se tendía a sus pies. Su madre le tranquilizó indicándole que solo debía de mirar al frente y al ponerlo en práctica pudo ver, a lo lejos en lo alto, la edificación más maravillosa que jamás hubiese podido imaginar. Casi se cae de la emoción y de la energía que le invadió de repente. Comprendió el esfuerzo que estaba haciendo su padre para llevarle y le pidió que le bajase al suelo. Resultaba gracioso ver con que prisas retomó la marcha. Incluso volvió a tropezar por fijarse más en las vistas que en las huellas que le precedían. Pero ya no necesitaba ayuda para levantarse. Antes de que le tendiesen la mano ya estaba él en pié.
            -¿Es allí?-Señaló muy emocionado- ¿Me lleváis a ese lugal tan bonito? ¿Y pol qué no os vais a quedal conmigo?  ¿No podemos trael a los helmanos y quedalnos todos aquí?
            -¡Oh, mi quelido Yinghai!-No hagas tantas pleguntas-Solo tú eles el elegido pala vivil en ese palacio. Considelalo un glan honol.
            -Yo no sé lo que es un glan honor. Yo solo quielo estal con todos vosotlos.
De nada sirvieron sus sinceras palabras. Ni las lágrimas que derramó al ver que, tras despedirse de él, sus padres se alejaron descendiendo por el mismo camino que acababan de recorrer. La tristeza le impedía disfrutar de las bellezas que se mostraban a su alrededor. Algunos niños intentaron consolarle. Todos parecían iguales, vestían túnicas azafranadas, llevaban la cabeza rasurada y hablaban con dulces palabras. Pero, tuvieron que venir los maestros para tranquilizarle, ninguno de sus compañeros consiguió hacerle olvidar a sus familiares.
Linchú no tardó en acostumbrarse a convivir con su nuevo entorno. Siempre había sido un niño muy obediente y trató de seguir siéndolo. Aunque a veces su espontaneidad le obligaba a ser distinto a los demás lamas, que le rodeaban, se hacía de querer mostrando buena disposición a la hora de relacionarse. A diferencia de los otros niños no se contentaba con una sola especialización y hacía sus pinitos en cada uno de los diferentes gremios con que se topaba. Por ese motivo llegó a ser uno de los pequeños más conocidos en todo el palacio. Su habilidad para las artes era muy notable. Tan pronto esculpía hermosas esculturas como hacía excelentes pinturas o tañía toda clase de instrumentos musicales. En las cocinas también disfrutaba aprendiendo a elaborar las preparaciones culinarias. Aprovechaba al máximo cada minuto del día, como buenamente podía,  para no perderse sus clases de aritmética y de escritura. Pero, lo que más le divertía eran los entrenamientos de defensa personal. Comprendía y estaba totalmente de acuerdo en que solo debería aplicar las técnicas para evitar las confrontaciones y defender a los más débiles. Siempre se las ingeniaba para terminar jugando y columpiándose en los diferentes artefactos de entrenar. Su entusiasmo era tan contagioso que siempre le echaban de menos en las reuniones en que estaba ausente y nadie permanecía indiferente a su lado.
Pasaron los años y aunque estaba muy agradecido por todas las enseñanzas que recibía. Nunca llegó a olvidarse de su familia y esperaba volver a verlos algún día. Se sentía feliz en aquella lamasería y disfrutaba contribuyendo a la conservación y la creación de sus obras de arte. Pero, echaba de menos la sencillez y el cariño con que había vivido junto a sus padres y hermanos. A veces se preguntaba que habría sido de ellos y mientras rezaba sus oraciones soñaba con encontrar la forma de volver a verlos.
En cuanto se percataron sus maestros  de que ya era un joven muy fuerte e inteligente empezaron a encargarle que participase en las caravanas de suministros. La primera vez, iba con bastante temor aunque intentaba disimularlo. No estaba acostumbrado a caminar tantos kilómetros sendero abajo y le asustaba caerse rodando. Sobre todo, por la repercusión que podría tener si al tropezar empujaba a los compañeros que iban delante de él.
            -Honolable maestlo Tensing-preguntó Linchú- ¿Alguna vez se ha caído alguno de los polteadoles de suministlos?
            -¡Oh, no! No tengas miedo. Si caminas con pludencia tus pasos no te tlaicionalan y seguilán el camino que tú les tlaces.
Para Linchú la primera experiencia que tuvo en el mercado resultó inolvidable. Le habían encargado ir a los puestos de incienso y comprar en el que valorase que tenían la mejor calidad y mejor precio. Mientras cumplía con su misión se le ocurrió que tal vez podría cruzarse con alguno de sus hermanos o de sus padres y eso le llenó de expectación. Después de comprobar la mercancía de varios proveedores se paró ante uno de los que le quedaban por visitar. Allí había un señor mayor muy serio y una joven muy bonita que despachaba con mucha gracia y amabilidad. Ya se iba terminando la tarde y aún no había visto a nadie que se pareciese al recuerdo de sus seres más queridos. Ni tampoco se había decidido por cual mercancía era la mejor para comprar. Esto hacía que mirase a un lado y a otro con prisas y curiosidad a la vez que deslizaba su vista por las diferentes formas y aromas de los conos y baritas de incienso muy expectante.
            -Lin Sea ten cuidado con ese joven-Advirtió susurrando el vendedor del puesto a la joven-Segulo que quiele lobalnos. ¿No ves como mila sin palal a todos los lados y a todas las cosas…?
            -¡Oh, no, honolable padle! No mila con codicia. Mila con culiosidad. Segulo que está buscando a alguien y que desea complal melcancía muy selecta.
            -Tú, pol si acaso, estate muy alelta.
El padre de Lin Sea no se percató de que en realidad no era Linchú quien quería robarles sino una banda de cinco muchachos que se abalanzaron sobre la mercancía. Les pilló a todos tan desprevenidos que si no llega a ser por el joven lama que se enfrentó a los malhechores, desviando su fuerza y volviéndola contra ellos mismos, no solo les hubiesen robado sino que además les hubiesen golpeado tirándoles encima las mesas y los postes. Enseguida llegaron las autoridades y se llevaron presos a los atacantes. El dueño del puesto agradeció con muy buenas palabras la ayuda que Linchú les había proporcionado y le hizo un precio muy especial al venderle el mejor incienso que poseía. Por su parte, la joven le felicitó y admiró su valentía. También le preguntó si buscaba a alguna persona y él le explicó su historia y las circunstancias en que se separó de la familia.
            -Quizás yo pueda ayudalte… si me dices sus nombles podlía conocel-les o pleguntal a mis conocidos. Aquí en el melcado se conoce a miucha gente.
            -No sablía decirte el nomble de mis padles, yo ela muy pequeño y solo les llamaba papá y mamá. Tenía un helmano mayol llamado Chian que ela muy fuelte. Otlo más pequeño que ela muy ágil y se llamaba Chen, luego dos helmanas Lotoli que ela la mayol y cantaba muy bien y Laili que ela la más pequeña y ela tan bonita como tú.
            -No sé si las conocelé. Pelo puedo tlatal de aveligual-lo y la plóxima vez que vengas te infolmalé.
Desde aquella ocasión siempre que pedían voluntarios para ir en la caravana de suministros Linchú se ofrecía con presteza. Aunque no siempre se le arreglaba poder hacerlo, pues sus obligaciones a veces eran ineludibles. Pero, cuando lo conseguía, se sentía muy feliz porque iba a ver a Lin Sea y ella le hablaba de sus familiares. Supo que su padre había fallecido despeñándose mientras guiaba el rebaño de yacs. Cosa que le apenó profundamente, pero le consolaba pensar que quizás volviesen a verse en otra vida. Su madre se había puesto muy contenta cuando la joven vendedora de incienso le habló de Linchú y la contó que sus hermanos vivían cerca de ella y habían formado sus propias familias. En algunas ocasiones, Linchú tenía largas conversaciones con Lin Sea y compartía algunas de las enseñanzas que había recibido en la lamasería. A ella la encantaba escuchar sus consejos de herboristería y a la vez le mostraba como hacía el incienso con su padre. Éste, en principio, no veía con buenos ojos que su hija estuviese más pendiente de las palabras del joven que de atender a los otros clientes. Pero, como les defendía de los asaltantes que venían de otros países a amenazarles y extorsionarles, terminó cogiéndole cariño. Fue él quien tuvo la buena idea de sugerirle que si algún día deseaba dejar la lamasería tendría un puesto junto a él y su hija. Ella que se sentía muy atraída por Linchú, no se habría atrevido nunca a proponerle semejante osadía, pero, se alegró mucho de que su padre lo hiciese y de que el joven no mostrase aversión.
            -Selía un honol pala mi hija y pala mí, que algún día decidieses dejal el Potala y venil a tlabajal con nosotros. Te lecibiliamos con los blazos abieltos. Aunque complendo que no desees dejal un lugal tan helmoso.
            -Lealmente el Potala es un lugal plecioso. Pelo no tanto como vuestla hija. Quizás mi kalma y mi dalma sea vivil en un lugal donde se me necesite más que en el palacio. Tendlé que medital-lo.
Tras mucho meditar sobre la posibilidad de volver a la aldea y dejar la lamasería Linchú decidió consultarlo con sus grandes maestros. Ellos pusieron el grito en el cielo. Nunca nadie había deseado dejar el palacio y les apenaba que fuese precisamente uno de los lamas más aventajados en las artes y en casi todas las tareas que se proponía. Si bien era cierto que algunas de las tareas le costaban más trabajo aprenderlas y había otros lamas que las realizaban mejor.
            -¡No es posible! ¿Estás segulo de que deseas dejal el palacio del Potala y vivil en la aldea? Mila que allí no tendlás nadie que te ayude a pelfecional tus conocimientos y selás más vulnelable a las tentacines. Tu kalma segulamente se aglandalá y tu dhalma disminuilá. ¿Estás segulo de deseal eso?
            -Venelable maestlo lo he meditado mucho y me gustalía paltil con vuestlo consentimiento.
            -No, no puede sel. Es necesario que medites más soble el asunto. Cleo que te estás plecipitando. Algún día me lo agladecelás.
A partir del día en que Linchú comunicó sus deseos, de abandonar la lamasería, no volvió a ser elegido para participar en la caravana de suministros. La tristeza se apoderó de él. Ya no volvió a sonreír con la abundancia y la expontaneidad que le caracterizaba. No pasaba ni un día en que no recordase a Lin Sea en sus oraciones. Y por extraño que pareciese cuanto más tiempo pasaba más la recordaba. Por su parte, ella también lo hacía constantemente. Incluso fue a visitar a su madre y a  rogarla que la acompañase al Potala para ver si podían visitar a su hijo. Desafortunadamente para ella, la madre de Linchú ni se sentía con fuerzas para ascender por el sendero que conducía al palacio, ni estaba  de acuerdo con la idea de que su hijo dejase la lamasería.
            -Quelida Lin Sea, pala mi hijo y pala mí es un honor que sea un lama. Y estoy segula de que si dejase de sel-lo eso le peljudicalía en su kalma y le halía tener peol lencalnación en su plóxima vida. ¿No clees que estás siendo muy egoísta?
            -¡Oh, no! Yo cleo que su kalma puede sel estal en la aldea donde podlía hacel muy buenas oblas y aumental el dhalma igual que en la lamaselía.
Aunque lin Sea se quedó muy desmoralizada después de comprobar que la madre de Linchú no estaba dispuesta a colaborar para ayudarle a salir de la lamasería, no se dio por vencida. Intentó ponerse en contacto con otros lamas para poder comunicarse con él. No resultó nada fácil. La mayoría no estaban dispuestos a ayudarla. Incluso su padre la aconsejó que se olvidase de él y que se fijase en cualquiera de los pretendientes de la aldea. Ella se negó rotundamente y albergaba en su interior la esperanza de que algún día volverían a reencontrarse.
Pasaron varios años y cuando ya empezaba a desmoralizarse Lin Sea y a temer que ya no volvería a tener noticias de Linchú. Un joven lama se acercó un día a su puesto para comprar incienso y le entregó una carta que la llenó de esperanza. A partir de aquél día anhelaba volver a ver a aquél muchacho. Desgraciadamente tardó en conseguirlo.  Su padre que deseaba que la joven se casase con algún lugareño, para que le ayudase a llevar el negocio, interceptó las cartas que Linchú le enviaba. Lo hizo de modo tan astuto que su hija no se percató del sabotaje. Incluso escribió una carta impostora en la que le decía, usurpando la autoría de su hija, que ya no deseaba volver a verle.
Durante un breve instante el joven lama al recibir la nota, que su fiel amigo le entregaba secretamente, se sintió derrotado. Afortunadamente para él enseguida se dio cuenta de que la caligrafía no era la de su querida Lin Sea. Con lo cual, llegó a la conclusión de que si le estaban enviando una carta falsa era porque ella le seguía queriendo y alguien deseaba impedir que lo siguiese haciendo. Tales conclusiones le indujeron a emprender secretamente la huida del Potala sin que nadie se enterase. Para lo cual partió en mitad de la noche pese a los peligros que entrañaba el caminar en la obscuridad por tales precipicios.
Pasaron los días y en la lamasería echaban de menos a Linchú. No se resignaban a sufrir su perdida y decidieron ir a buscarle para darle otra oportunidad de que regresase al que todos sus ex-compañeros opinaban que era el camino correcto.  Le buscaron por todo el valle, indagaron por los senderos, y observaron todo indicio que pudiese esclarecer su completa desaparición. Nadie pudo dar señas de su paradero. Pero en medio del camino vieron como se había formado un gran surco montaña abajo que formaba intersección. Posiblemente se tratase de algún animal o persona que resbalando en la matinal helada se hubiese despeñado. Todos los que  sentían cariño por Linchú deseaban aferrarse a la idea de que se tratase se algún animal montés. Aunque en el fondo les parecía evidente que ese debía de haber sido su destino y dejaron de salir a buscarle. Solo Lin Sea se negaba rotundamente a abandonar la esperanza de volver a encontrarlo y se decidió a escalar por el terraplén en que se rumoreaba que había desaparecido. Nadie sabe si le llegó a encontrar o no. Solo se sabe que nunca más regresó a su casa en el valle. Algunos dicen que les vieron a los dos tomando el camino que lleva a la gran muralla China donde deseaban empezar una nueva vida. Otros que fue arroyada en el mismo surco que Linchú donde su cadáver se encontró con el de su amado. Pero, todos en la ciudad de Lasha siguen recordando su leyenda a pesar de los años transcurridos.


Mar Cueto Aller