
El sol hacía resaltar la multitud de colores. Lanzaba guiños metálicos que cegaban a los caminantes. Las voces de los vendedores cantaban las virtudes de sus mercancías. Un delicioso olor atrajo al pequeño hacía el puesto de los embutidos. Corrió ágil y graciosamente entre los compradores del mercado para situarse en primera fila. No llegaba al mostrador, pero, trató de imaginarse las exquisitas viandas que debía haber en él. Recordó aquella comida tan sabrosa con que habían llenado su plato, el día anterior, poseedora de tan entrañable aroma.
Cuando se quiso dar cuenta de que llevaba mucho tiempo deleitándose, miró a su alrededor, no vio a nadie conocido. Una angustia invadió su mente. Se preguntaba una y otra vez: ¿A donde habrían ido sus acompañantes?
Siguió caminando. Ya no se movía con agilidad. La torpeza le hizo tropezar con una mesa. Casi la tira con toda su mercancía. El dependiente le lanzó una mirada aviesa que le llenó de temor. En el puesto siguiente procuró mirar a los transeúntes que vestían prendas semejantes a las que conocía. Todo resultó en vano. Más allá, se arrimó tanto a unos compradores para ver sus semblantes, que le dieron un pisotón. Nadie se inmutó ante su sufrimiento. Siguieron impasibles, preocupados únicamente en sus mercaderías.
La desesperación le invadía. Solo dos niños se apiadaron de él y le acariciaron. Pero, su madre les reprendió y se los llevó a tirones. Pensó en abandonar aquel lugar tan ruidoso y lleno de gente que le parecía hostil. Ya se dirigía a la salida, cuando una voz desconocida y dulce, le dijo: "No temas, pequeño. Yo te llevaré a tu casa"
Mar Cueto Aller
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