miércoles, 16 de febrero de 2011

“Inolvidable luna de miel”



La ceremonia terminó pulcramente y sin contrariedades. Con excepción de los guantes manchados de rimel, de la madrina, que junto al largo collar de perlas destacaban notablemente sobre su traje de terciopelo negro. Y la voz de la novia al tartamudear repitiendo la palabra: Filelelelidad
Del banquete no hubo ninguna queja. Todo el que quería podía repetir hasta la saciedad. E incluso, se sirvieron los chuletones a gusto de cada consumidor: muy, poco o medio hechos. La sobremesa no fue muy larga y enseguida se comenzó el baile. Los novios solo se quedaron al primer vals y al rock and roll que solicitaron a la orquesta porque era su pieza favorita. Luego, se fueron rápidamente para cambiarse en sus casas antes de coger el avión.
El vuelo les transportó sin incidentes. Cuando el taxi se detuvo ante el hotel el botones se acercó para cogerles las maletas.
-¡No! Deje, que las llevamos nosotros-dijo la joven.
-¿Cómo que las llevamos nosotros? ¡Qué las lleve él que es su trabajo!
-¿Después de cargar con ellas por todo el aeropuerto, vamos a pagar ahora porque nos las lleven dos metros o tres por el hotel?-protestó ella.
-¡Cállate la boca! Y no hagas que quedemos como unos palurdos.
La disgustó que la tratase así. Aunque, estaba tan feliz y tan fascinada, por lo que veía, que no quiso darle importancia. No pensaba permitir que ninguna discusión enturbiase aquel momento. Pero, tampoco podía reprimir sus expresiones de admiración.
-¡Esto es precioso! ¡Esto va a costarnos un huevo! ¿A ver si no vamos a tener para pagarlo?
-¡No seas cateta, qué me vas a dejar fatal! Ya está pagado todo-dijo irritado el joven, y añadió preocupado por si alguien dudaba de su solvencia-con el mi sueldo puedo permitírmelo perfectamente- Luego se acercó al mostrador de recepción y se dirigió al empleado-Venimos a la suite nupcial reservada a nombre de Tino y Carlota.
-¿Carlota? ¿Cómo se te ocurrió ponerme Carlota? Sabes demás que me llaman Carla. ¡No me esperaba eso de ti!
-¡Idiota! ¿No pone Carlota en tu carné de identidad? Lo puse así por si te lo pedían.
-Lo pone así porque se equivocó el tipo del registro ¡Qué mis padres querían ponerme Carla! ¡Y, que yo sepa, en el tuyo no pone Tino pone Faustino! ¡Eso, bien que lo has modificado! ¿O es que para ti hay una ley y para mí otra?
-Por favor no se preocupen-dijo el recepcionista-Tengo aquí su reserva señor Tino y señora Carla.
-¿Ves? Eso ya me gusta más. Vaya guapo que es todo esto. ¡Nunca vi nada tan guapo!
-¡Claro!-dijo el acompañante-Jamás había salido de su pueblo. Yo, ya estuve aquí hace dos años, cuando jugó el Sporting.
-Entonces no hará falta que le entregue estos folletos con las zonas turísticas de más interés y un mapa. Ya lo conocerá todo.
-Bueno, conocer lo que se dice conocer, no lo conozco nada. Solo estuvimos en el estadio y luego en la cafetería cogiendo una mangada para consolarnos. ¡Armamos una buena! Pero casi no causamos desperfectos, y los que hicimos los pagamos bien y…
-Comprendo-le cortó el recepcionista, sin poder evitar una ligera mueca de menospreció y una sonrisa de compasión a la chica, quien fue la única que supo captarlas.
Después de terminar los trámites, en el registro del hotel, les entregó la llave. Se fueron, a deshacer las maletas, muy ilusionados. A Carla le fascinaba toda la decoración y las vistas. Observaron que la playa no estaba muy lejos y como todavía les quedaban varias horas de sol decidieron ponerse el bikini y el bañador e ir a descansar en la arena hasta la hora de cenar. Carla, en cuanto llegaron, sacó su bronceador de máxima protección. Sabía por experiencia: que si no lo usaba se quemaría su delicada piel.
-¡Ahora, te toca a ti! Qué tú también eres muy blanquito y te puede pasar como a mí, cuando voy al río en verano, que siempre termino como un tomate. ¡Y no veas lo que escuece luego!
-¡Eso son tonterías de muyeres! A mí no me vengas con mariconadas, que los hombres no usamos esas bobadas. ¡Y déjame dormir, que esta noche vamos a tener mucha actividad!
No quiso insistir para no volver a entablar discusiones. Pero, cuando vio que se había dormido abrazado a ella y que su piel empezaba a enrojecerse, le quiso untar un poco de bronceador con mucho cuidado para que no se enterase. Justamente en ese momento él se dio la vuelta y tropezó con el frasco. Se puso tan furioso que casi la golpea. Aunque se limitó a insultarla y darla un empujón. Ella no pudo evitar que las lágrimas acudiesen a sus ojos. Se consoló respirando profundamente la brisa que venía de la mar y enseguida volvió a sonreír tratando de convencerse de que no había pasado nada. Y que seguramente que en cuanto se fijase en lo bonito que era el paisaje y lo afortunados que eran de poder disfrutarlo, que volvería a besarla, tratarla bien y tener buen humor.
El cielo se había vestido de cálidos colores cuando él se despertó de la siesta y rompió la magia del momento lanzando un sonoro grito a la vez que empezó a quejarse y a blasfemar de continuo. No quiso vestirse y se volvió al hotel envuelto en la toalla sin parar de protestar. Carla guardó la ropa en el capacho y no insistió apenas en animarle a que se pusiese la camiseta y los pantalones. Él se sintió abochornado cuando entraron en el vestíbulo y la pidió que fuese a por la llave de la habitación.
-¿Cómo tengo que pedirla? ¿Habrá que pagar algo para que me la den o me la dará gratis?-Preguntó muy preocupada.
-¡Estúpida! Solo tienes que pedir la llave de la 507. Y no hay que pagar nada. Así que no vuelvas a hacer el ridículo.-Dijo su marido enfadado.
-¿Cómo te atreves a decir que yo hago el ridículo?-Dijo furiosa-¡A mí me parece que el único que está haciendo el ridículo eres tú! Que vas envuelto en una toalla, lleno de arena y colorado como un cangrejo. Y seguro que si les pregunto a todos estos que pasan por aquí que opinarán lo mismo. ¿Quieres que haga la prueba?
-¡No, no, cariño! Perdona, es que…, ésto, me duele tanto, que estoy muy nervioso.
Cuando llegaron a la habitación la pidió que bajase a buscar una farmacia de guardia y que no parase hasta conseguir una pomada o algo que le aliviase los escozores que padecía. Ella preguntó, al primer empleado que vio, para ver si podía ayudarla.
-¡Oye, tú! El de las maletas. ¿Sabes donde puedo encontrar una farmacia de guardia?
-No le sé decir. Pregunte en recepción.
Se dirigió al recepcionista y le repitió la pregunta.
-Si, hay una farmacia de 24 horas a unos diez minutos de aquí. Salga a la izquierda y a la altura del Fish food cruce la calle, siga recto hasta el Irish Pub y luego tuerza hasta la Fashion Boutique. Justamente enfrente la encontrará. Es que no me sé el nombre de la calle. Pero, no tiene perdida.
-¡Dios mío, que lío! No le he entendido nada de los nombres que me ha dicho, solo que vaya a la izquierda, luego siga recto y luego tuerza-dijo moviendo los brazos en sentido contrario a como la indicaban, haciendo que el recepcionista no pudiese evitar la risa y se compadeciese de ella.
-Mira, aquí viene mi relevo. Si esperas a que me quite la chaqueta del uniforme te puedo acompañar.
No tardó ni cinco minutos. Venía con una cazadora vaquera, de color claro, que hacía juego con sus ojos. Fue en ese momento cuando ella se dio cuenta de que además de ser bonitos eran muy expresivos. Empezó a contarle sus problemas como si le conociese de toda la vida, y terminó contándole hasta sus defectos y frustraciones. Su confianza era tan contagiosa, que antes de llegar a la farmacia se pararon varias veces y él también le contó un resumen de su vida y de sus problemas. En lugar de despedirse cuando llegaron a la tienda, la volvió a acompañar hasta el hotel. Sabía que estaba inflingiendo la prohibición de intimar con los clientes, pero nunca se había sincerado así con nadie, y le hubiese gustado continuar la conversación. Hasta sintió una punzada de frustración al recordar que estaba casada y que no podía proponerla una cita.
Carla no pudo dormir en toda la noche, pues los quejidos de Tino se lo impedían, a excepción de un pequeño sueño fruto del agotamiento. Se despertó muy turbada, pues había soñado que su marido era el recepcionista y que habían tenido una muy satisfactoria noche de bodas. Lloró al comprobar que la realidad no tenía nada que ver con lo soñado.
Por la mañana Tino estaba tan repugnante como la noche anterior. La pomada apenas le aliviaba durante breves instantes y volvía a sentirse fatal. Discutía por todo, y comprendió que la única manera de que Carla no le terminase aborreciendo definitivamente era que le dejase solo y se fuese a la playa o a pasear. Ella se puso tan contenta cuando se lo propuso que hasta le abrazó dispuesta a darle un beso, pero al oírle chillar, se separó rápidamente y se lo tiro con la mano. Se fue muy deprisa por si acaso se arrepentía y la pedía que se quedase a acompañarle.
Tenía tan mal sentido de la orientación que ya no se acordaba del camino hacía la playa. Se acercó a preguntar en el mostrador de recepción. Para su sorpresa, Javy que comenzaba su turno de desayuno se ofreció a acompañarla. Su intención era solo indicarla el camino, pero se liaron hablando, y al final, ella le invitó a compartir los panecillos con caviar y salmón que Tino no quiso cenar.
-¡Mi pobre Tinín, que mal lo estará pasando!-Repetía a cada momento.
Por la tarde volvió a ir a la playa. Curiosamente, la volvió a acompañar el recepcionista. Pero, en ésta ocasión no fue tan casual la coincidencia. Él se imaginó que volvería a salir sola y no quiso ir a merendar hasta que la vio aparecer.
Los siguientes días se sucedieron de la misma manera. Hasta el jueves en que Tino ya estaba mejor y fue él quien acompañó a Carla a tomar el sol. Tampoco quiso untarse bronceador, pues se le había metido en la cabeza que una vez curadas sus quemaduras ya estaba curtido e inmunizado contra los rayos del sol. Por lo que a la hora de comer tuvo que regresar al hotel envuelto en la toalla, quejándose y blasfemando, como el día de su boda. Además, se enteró de que los días anteriores ella había estado acompañada por el recepcionista. Se puso tan encolerizado que la pegó un puñetazo y la hubiese pegado más si no hubiese tenido tan dolorida su piel.
-¡O sea! ¿Qué mientras yo me moría de dolores tú estabas ligando con un desconocido?
-¡Ni estaba ligando, ni era un desconocido! Tú le conocías tanto como yo. Y si no fuese por él, no hubiese encontrado la farmacia y no te hubieses curado de tus quemaduras.
El golpe la había dejado la cara magullada, y por más que intentó disimularlo con maquillaje no pudo. Cuando la vio Javy quería llamar a la policía, para poner una denuncia, pero ella le convenció para que no lo hiciese. Sabía que si le veían abrazarla que podrían despedirle, pero no pudo rechazarla y la correspondió a su abrazo. A continuación llamó a su compañera para que viniese a sustituirle, ofreciéndola cambiarle el turno por el del sábado. Ella no se hizo de rogar y se presentó al instante.
Estuvieron paseando por los acantilados y él la enseñó la gruta donde se refugiaba, para ir a pensar a solas, cuando tenía algún disgusto. Caminaron hasta el anochecer, y como ella tenía miedo de volver al hotel y ninguno de los dos tenía sueño, se pasaron la noche hablando en un pub. En su interior ambos hubiesen deseado compartir más intimidad, pero ninguno consideró oportuno manifestarlo. Él pensaba que sería como aprovecharse de su debilidad. Ella, que no sería correcto por su parte, pues todos los familiares y conocidos la echarían la culpa de que su matrimonio hubiese fracasado tan rápido. Pensaba pedir la anulación, ya que el matrimonio no se había consumado, y solo tendría fuerzas para proponerlo si se mantenía con la conciencia tranquila.
Al amanecer se fueron a desayunar para recobrar fuerzas. Javy insistió en acompañarla a recoger sus pertenencias al hotel y ella no se negó. Temía que Tino la volviese a pegar, pero, en el fondo la daba pena y no quería meter en el asunto a la policía a no ser que fuese inevitable.
Tal como esperaban que sucediese, Tino se puso furioso al verles. No cambió de actitud hasta que le hicieron razonar.
-¡Serás zorra! ¿Cómo te atreves a venir aquí con ese chulo macarra? Dijo levantando la mano en actitud de querer abofetearla.
-¡Tranquilo y sin insultar! Si no quieres que llame al servicio de seguridad del hotel y a la policía. Hemos venido por la de buenas para evitar un escándalo. Pero, si lo prefieres, no dudaré en llamarlos y que te obliguen a razonar a la fuerza. Ni ella es una zorra, ni yo soy nada de lo que has dicho. Yo solo quiero ayudarla como ayudaría a cualquier mujer maltratada por un machista. Si le das por la de buenas el billete, yo la llevaré al aeropuerto y avisaré a sus padres para que vayan a recogerla a la llegada discretamente. Luego, ya se arreglará todo pacíficamente.
Durante unos minutos Tino blasfemó, insultó y no prestaba mucha atención a lo que le decían porque estaba fuera de sí. Empezó a razonar cuando vio que Javy cogía el teléfono y empezaba a marcar números. Le impidió hacer la llamada pero le acercó el billete de avión y los dejó marcharse diciendo que no quería verla a su lado ni que le volviese a hablar jamás.
Con lágrimas contenidas se despidió en el aeropuerto Carla. Prometió que en cuanto solucionase sus problemas volvería. Él también tenía húmedos sus ojos. La aseguró que si no regresaba antes de que terminase el año iría a buscarla.


Mar Cueto Aller

lunes, 7 de febrero de 2011

La fantástica Lai-Chi




Lai-Chi no era la más bella de las princesas de su reino. Tampoco era quien mejor danzaba. Ni cantaba más armoniosamente que sus compañeras. Pero, tenía una cualidad que la hacía imprescindible en todas las fiestas y reuniones. Su imaginación era tan portentosa que siempre cautivaba con sus relatos. Quizás no fuesen tan bellos como las leyendas escritas. Aunque, ella ponía tanta emoción que resultaban mucho más interesantes. Y casi todos los que la escuchaban se creían que cuanto decía era cierto por muy absurdo que fuese.
En las cocinas de palacio disfrutaban tanto al escucharla que solían prepararla los más exquisitos pasteles de arroz y cerezas para que merendase con ellos y les contase historias. Ella les solía relatar la del Jarrón enamorado de la tetera. Que era la favorita de las aprendices. O la del cocinero sabio que preparaba una sopa de letras que volvía inteligentes a cuantos la comían. Siempre la mandaban que las volviese a contar, en sucesivas reuniones, y ella invariablemente añadía o cambiaba muchos datos. Unas veces, porque no se acordaba de todos los detalles. Y otras, para hacerlas más entretenidas.
A las tejedoras y modistas también les encantaban sus cuentos. Por ese motivo la reservaban los tejidos de seda más lindos y suaves. Y siempre la estaban confeccionando los más bellos kimonos inspirados en sus palabras. Para compensarlas, les contaba la historia de la reina de las mariposas que fue destronada por presuntuosa. O la de la capa de la verdad, que impedía mentir a todos los que la vestían o la contemplaban.
En una ocasión, Lai-Chi invitada a tomar sus pastelillos favoritos mientras narraba sus fantasías, comió tantos que se empachó. A la hora de la cena no podía comerse la sopa de aleta de tiburón. Pensó que si sus compañeras tampoco comían la suya que la encargada del comedor no la castigaría. Y para que la imitasen se inventó una historia muy descabellada.
-¡No sé como podéis comer esta sopa!-Dijo fingiendo estar asustada- ¿No sabéis que este tiburón en realidad era una sirena?
-Ya estás con tus fantasías. Dijo Madame Li-Su que no te hiciésemos caso, que las cosas que dices no son ciertas. ¡Así que no nos líes!-La reprendió su amiga la princesa Loto-Li.
-¡Vale! Pues si no me creéis allá vosotras con vuestra conciencia…Yo desde luego no pienso comérmela. Después de saber que es una sirena este tiburón, mi conciencia no me lo permite.
.-Pero. ¿Cómo puedes creer que es una sirena? A mí me parece que es igual que la sopa que hemos comido tantas veces y que sabe tan buena.
-Porque era una sirena tan bonita, y que cantaba tan bien, que atraía a todos los pescadores. Ellos procuraban no cogerla nunca con sus redes. Pero, cuando ella terminaba de cantar pescaban a todos los peces que podían de los que vivían por allí. Los supervivientes estaban tan hartos de que pescasen a sus familiares que llamaron a una maga para que la convirtiese en tiburón. Y tenemos que callar…-dijo poniendo el dedo en los labios para pedir silencio- que se va a enterar la encargada y me va a castigar. Pues yo no pienso comer nada.
Las demás princesas se solidarizaron con ella y se negaron a comer. Además, como las insistieron en que no se acostaría ninguna hasta no terminar su comida, empezaron a llorar pues se imaginaban a la sirena en su plato y se las quitaba el hambre por completo. Aquella noche la pasaron en vela, hasta que conmovidos por sus tristezas las quitaron el castigo y las permitieron irse a dormir.
Pasaron varios días y volvieron a poner de cena la sopa que siempre les había gustado. Lai-Chi tenía mucha hambre, pues había estado cortando flores en el jardín, para hacer centros florales, y se la había abierto el apetito. Sus compañeras que no habían podido olvidarse de su historia de la sirena y el tiburón la miraron horrorizadas al ver que se disponía a comer sin quejarse.
-¿Qué estás haciendo Lai-Chi? ¿No pensarás comerte a la sirena, verdad?-Dijo su amiga Loto-Li enfadada.
-Pero si estas son aletas de tiburón autenticas. Podéis comerlas tranquilamente. No son de ninguna sirena.
-¡Entonces! ¿Nos mentiste cuando nos contaste aquella historia? ¡No volveré a creerte! Ya me parecía extraño que fuese cierto.
-¡Lo era, lo era1-Dijo tratando de ser convincente-pero no sabía aún la historia completa. Ahora que ya he hablado con los enviados del muelle que suministran el pescado, puedo aseguraros que estamos comiendo tiburón autentico.
-Eres una trolera. Y lo peor de todo, es que por tu culpa hemos llorado todas y nos hemos llevado un gran disgusto.
-¡Lo siento, de verdad que lo siento! Para compensar os contaré todo lo que pasó por completo con pelos y señales. Prometo no omitir ningún detalle.
-Te escuchamos, pero no creas que te vamos a dejar que nos engañes otra vez.
-Yo nunca os engañaría ¡Veréis! Lo que pasó es que la sirenita al estar convertida en un tiburón fue apresada en las redes de los pescadores junto a éste de la sopa. Mientras se enredaban en su cuello y la estrangulaban empezó a cantar una canción muy triste. El eco del mar llevó su sonido hasta la cueva donde vivía la maga. Era tan bonito el canto que conmovía a todos los seres que la escuchaban. Tanto a los marinos como a los terrestres. Ella al oírlo, se arrepintió tanto de su hechizo que acudió rápidamente en su ayuda. No soportaba la idea de no volver a escudarla cantar canciones alegres jamás. Y sabía que si no la ayudaba el recuerdo de aquellas notas tan tristes la atormentarían toda la vida. Durante un momento no supo que hacer. Si la convertía en una sirena normal, como siempre había sido, se la comería el otro tiburón que estaba hambriento. Y si la dejaba con ese aspecto la matarían los pescadotes. Trató de pensar cual sería la mejor solución. No se la ocurrió nada mejor que convertirla en una diminuta sirena, tan pequeñita, que al intentar comerla el tiburón se escapó entre sus dientes nadando de modo veloz. Pero al huir, su corona de oro quedo enganchada entre dos colmillos y él se la tragó. Por ese motivo tenemos que comer su carne con mucho cuidado para no tragarnos nosotras la coronita. Y quien tenga la suerte de encontrarla es muy probable que reciba su visita. Pues hasta que no la encuentre, no volverá a hacerse grande. ¡Así que amigas, comamos rápido y con mucho cuidado a ver quien es la afortunada!
Todas sus compañeras comieron la sopa de muy buena gana, pero, con mucho cuidado. Creían ciegamente que podían llegar a encontrar la coronita y a pesar de que ninguna lo consiguió no se sintieron desilusionadas. Pues, lo que más las molestaba no era no tener suerte, era que la tuviese otra de las princesas porque se le aparecería la sirenita solo a ella.
Aunque los mayores se daban cuenta de la astucia de Lai-Chi para usar su fantasía en beneficio propio, pensaban que era algo inofensivo e inocente. Tenían razón, pues nunca lo hacía con mala intención y no se paraba a pensar en las consecuencias. Solo su venerable maestro preveía que podía llegar a ser perjudicial. La aconsejó varias veces que tuviese cuidado con su imaginación. Pues corría el riesgo de desbordarse y de llegar a creerse ella misma cuanto contaba o podía terminar abusando de la inocencia de los demás. Le respetaba sumamente pero no comprendía como podían llegar a cumplirse sus temores. La parecía estar segura de que controlaba su fantasía plenamente.
Cierto día, su amiga Loto-Li llegó muy contenta a contarle que había visto bajo el cerezo una hermosa seta roja con lunares blancos tal como las que ilustraban los libros de cuentos.
-¡Es preciosa, tienes que venir a verla!
-¡Ah si, ya la he visto! Es el trono de la reina de las ninfas, que lo cambia de lugar para que nadie sepa donde está y no puedan destrozarlo. A mí suele decirme donde lo tiene porque sabe que yo jamás se lo rompería.
-¡Ni yo tampoco se lo rompería! Se lo he dejado intacto ¿Crees que a mi también me dejará verla?
-No lo sé, pero no creo, es tan pequeñita y tan frágil que teme que la hagan daño pese a los poderes tan mágicos que tiene.
La amiga de Lai-Chi insistió en que la presentase a la reina ninfa. Pero, en lugar de decirla que se había inventado su existencia, alimentó su curiosidad. La dijo que era ella quien la contaba todas las historias que sabía. También quien confeccionaba sus bellos kimonos, por lo que siempre resultaban más bellos que los de sus compañeras. E incluso quien la cocinaba los ricos pastelillos, con que en ocasiones la invitaba, que resultaban ser los más deliciosos de cuantos había probado. A Loto-Li le pareció que tenía que ser cierto todo lo que la contaba. Había visto con sus propios ojos todas las pruebas que lo indicaban. Por la noche, cuando todos dormían, se levantó muy sigilosa y se dirigió al jardín. Allí se sentó bajo el cerezo muy cerca de la hermosa seta que tanto la había gustado. Pensaba que no tardaría en aparecer la reina ninfa y no se puso ropa de abrigo. La noche era muy fría y enseguida empezaron a castañearla los dientes. Aún así, pensó que no tardaría en recibir su encantadora visita. Hacía esfuerzos para no dormirse, pero finalmente la venció el sueño. Por la mañana, al ver que no estaba en su cuarto, la buscaron por todo el palacio. A nadie se la ocurrió ir a buscarla al cerezo hasta que Lai-Chi lo sugirió. La encontraron medio congelada. Durante varias semanas su cuerpo se debatía entre la vida y la muerte. La pena y la tristeza inundaban los lugares donde antes reinaban la risa y la alegría. Todas las personas de palacio se unían en sus oraciones esperando un milagro. Al fin, después de mucho dolor e incertidumbre la princesa Loto-Li empezó a mejorar. Lo hacía lentamente y los médicos anunciaban que ya no podría volver a ser la mejor bailarina del reino. Apenas podría volver a caminar con dificultad.
Todos los habitantes del lugar daban gracias al cielo por la recuperación de la princesa. Nunca pudieron olvidar lo sucedido. Algunos decían que Lai-Chi se merecía un castigo. Pero, quienes la conocían sabían que lo sucedido ya era suficiente desgracia para ella. Desde ese día se negó a contar historias. De nada sirvió que la insistiesen para que volviese a ser la misma de antes. Aunque, quien sabe, hay muchas personas que no las han olvidado y todavía siguen intentando animarla para que vuelva a contarlas.

Mar Cueto Aller