viernes, 14 de enero de 2011

DESCENDIENDO



Cuando abandonamos el planeta Edenia sabíamos que dejábamos atrás un mundo de bienestar, plenitud y abundancia insuperables. Aún así, en nuestra inconsciencia, íbamos llenos de esperanza y de expectación. No guardábamos rencor al consejo supremo por habernos desterrado. Sabíamos que no les había quedado más remedio. Nuestra obstinación era la causante. Estábamos muy agradecidos de que en lugar de destruirnos, como estaba en su poder, nos hubiesen facilitado la nave necesaria para nuestra completa supervivencia. Intentaron por todos los medios de disuadirnos. Pero, todo fue en vano. La duda había germinado dentro de nosotros y ya no podría ser exterminada. Recuerdo las interminables charlas con las que trataron de reeducarnos. Y como, vez tras vez, frustraron todos nuestros intentos de rebeldía.
-¿Cuál es la razón de que deseéis ir contra la libertad preestablecida?-Nos preguntaban intrigados.
-Deseamos saber que se siente al hacer lo contrario de lo habitual-contesté con sinceridad.
-¿Para qué? Si lo habitual está comprobado que es lo mejor para todos nosotros. Y según los estudios que constantemente efectuamos ya se ha demostrado que los cambios son necesarios. Pero, deben institucionarse paulatinamente de modo que la adaptación sea lo menos traumática posible y se asegure el éxito y la ausencia de fracaso equilibradamente.
-Nosotros no queremos cambios lentos y seguros. Queremos rápidos y estrepitosos aunque se rompa la belleza, la tranquilidad y comodidad. Ya intentaremos arreglarlo, luego, cuando estemos seguros de que nos hemos equivocado.
-Pero, toda esa energía que se pierde de modo destructivo, es mejor emplearla de modo edificante como siempre hemos hecho y como la razón nos indica que debemos seguir haciendo.-Nos volvía a corregir uno de nuestros consejeros.
Nuestras mentes estaban tan ofuscadas que sus palabras nos entraban y salían por los oídos sin que nos parásemos a reflexionar. Solo las ideas de contradecirles nos causaban interés. Aún así, estábamos tan vigilados que en ningún momento pudimos poner en práctica nuestros subversivos deseos. Nadie, a excepción de nosotros dos, estaba dispuesto en todo el planeta a secundar nuestros actos. Ni mucho menos, a permitir que los pusiésemos en práctica. Cuando intentábamos saciarnos en demasía siempre había alguien dispuesto a impedírnoslo. Si se nos ocurría ir contra natura, no faltaba quien nos obligaba a reprimirnos. De no ser por mi compañero Adanio, nunca me habría atrevido a dar un paso semejante. Y me consta, que a él le hubiese sucedido lo mismo. Fue una suerte que nos predestinasen a ambos como pareja preestablecida. Siempre que estuve a punto de tirar la toalla él me animó. Cuando le faltaron las fuerzas, yo tuve que hacerle ver que aunque nos equivocásemos merecía la pena intentarlo.
Ahora, mientras consulta los datos del buscador planetario, yo me ocupo de registrar nuestros recuerdos con el dictáfono telepático antes de que desaparezcan. Es posible que en un futuro lejano nos sean útiles. Empieza a desanimarme nuestra búsqueda. Ya llevamos varios años luz y todas nuestras incursiones planetarias han sido un fracaso. En donde vemos brillar los astros con menos ímpetu, sabemos que moriríamos congelados al menor jirón en nuestros trajes calefactores. Y en aquellos que se ven más refulgentes sus estrellas no soportaríamos ni una milésima de segundo a la menor rotura de nuestra vestimenta isotérmica. Comienzo a estar harta de amontonarlos en el caramanchón de la nave, donde desechamos aquellos que se rozan y desgastan en el tendal cuando los ponemos a secar al colaire, después de lavarlos tras nuestras desmoralizantes excursiones. A este paso nunca encontraremos un lugar, semejante a Edenia, donde poder satisfacer todas nuestras dudas y anhelos.
Aunque Adanio sigue esperanzado ya no comparto su entusiasmo. Cuando me llama para que observe y elija nuevo rumbo me suelo hacer la remolona. Estoy hasta lo indecible de equivocarme. Ya no me hace gracia, como antes, el contar los lugares que vamos dejando atrás. Daría cualquier cosa por poder volver a deslizarme por la Nebreda de Edenia. Y si seguimos discutiendo constantemente, creo que no vamos a necesitar de otro planeta para poner en práctica nuestras ideas revolucionarias. Cualquier día nos saltaremos los protocolos de respeto y afecto que nos unen, y nos destruiremos el uno al otro, como sería impensable que hubiésemos podido llegar a hacer en nuestro planeta.
Hoy si que creemos haber visto una serie de nuevos cuerpos celestes que se podrían ajustar a nuestras formas de vida. No estamos muy seguros pero las coordenadas nos indican cierta similitud entre las distancias de Edenia y Lucinia nuestra estrella cercana. Para comprobarlo usamos repetidamente el catetómetro sobre los paneles luminiscentes de la pantalla pequeña del buscador y hemos calculando en sesquiáteros para mayor seguridad. Aunque hay varias rutas a seguir, nos decantamos por la que nos lleva al planeta que el computador central ha denominado con el nombre de Terraca. Por primera vez desde que empezamos el largo viaje me siento ansiosa por abordar el nuevo planeta. Según nos vamos acercando me va invadiendo una sensación de euforia que nunca antes había experimentado y noto que a Adanio te sucede lo mismo. Ya solo nos quedan apenas unas pocas horas luz y cuanto más lo observamos más fascinados nos estamos quedando.
Es maravilloso. No se parece en nada a la predecible y perfecta Edenia. Pero, Terraca tiene un encanto que sobrepasa todas nuestras expectativas. Ni siquiera vamos a necesitar ponernos ninguna clase de traje espacial. La temperatura parece adecuada para que la soportemos directamente sin cubrir nuestra piel. De hecho, casi toda la multitud de personajes que vemos sobre el planeta, en la pantalla, van desnudos. Aunque usaremos un ungüento protector para evitar posibles radiaciones. Nunca habíamos experimentado la sensación de exhibir nuestro cuerpo en público. Pero, es algo que nos excita y nos agrada sumamente. Ya nos hemos despojado de nuestros trajes de navegación y aunque hemos experimentado un poco de frío imaginamos que cuando salgamos al exterior nos sentiremos tan placidamente como los seres que observamos.
Tras estacionar la nave, los individuos que estaban bulliciosamente ocupados en sus sorprendentes quehaceres, se volvieron un instante a mirarnos. Sus curiosidades se disiparon enseguida y volvieron, al momento, a seguir entregándose a sus caprichosas acciones. Lo que más nos sorprende es el descomunal tamaño de algunos frutos. Vemos que hay individuos que se adentran en ellos para satisfacer su gula. Estamos deseando poder imitarles. Será la primera vez que nos alimentamos de modo tan absurdamente innecesario, pero, si no lo hacemos nunca sabremos lo que es sentirse ahíto hasta la saciedad. Quizás lleguemos a reventar. Es un riesgo que estamos dispuestos a correr.
No sé donde se encuentra mi compañero Adanio. Quizás consiga verle cuando termine de engullir ésto, tan empalagoso y blando, que se resbala de mi boca por mis brazos y mandíbula. Parece repugnante, pero soy incapaz de dejarlo. Creo que no podré parar hasta terminarlo o sucumbir en el intento. No, realmente no puedo. Cuanto más ingiero más y más rápido necesito seguir tragando.
Espero que mi mente siga en contacto con el dictáfono. Porque lo que estoy experimentando se escapa a mi comprensión. No me puedo creer lo que me están haciendo. Me han arrastrado fuera de la enorme baya con la que me estaba sobrealimentando. Ha sido un individuo que tropezó con mis piernas y como le han parecido inusualmente suaves ha comenzado a tirar de ellas y a lamerlas. Una serie de individuos que se encontraban cerca le ha comenzado a imitar. Yo al principio me defendía a patadas y codazos pues quería seguir con mi extraño banquete. Pero la excitación que me producen tantas caricias simultáneas me hace olvidar lo que sentía al atiborrarme de fruta. No solo les impresiona y atrae frenéticamente la suavidad de mi piel, también les enloquece el sabor de la loción que protege mi cuerpo. Resulta placentero y agotador que tantas multitudes deseen copular conmigo. No puedo distinguir entre tantas personas quienes son las que me han poseído. Pero estoy segura que entre ellas hay varios animales. Porque cuando trataba de evitarlas me empezaron a aprisionar con garras y uñas que se han clavado en mí, y sus picos se introdujeron dolorosamente en mis aberturas corporales. Empiezo a darme cuenta de que siento dolor, algo que nunca en mi vida había sentido jamás. Es algo difícil de soportar, que me obliga a chillar, y enfurece a las bestias que me rodean. Para poder soportarlo, trato de trasmutar en mi cerebro el dolor convirtiéndolo en placer.
La mayoría de los seres que observo a mi alrededor son muy veleidosos. Cambian constantemente de actitudes y de deseos. No puedo confiar en ninguno, y no veo a Adanio por ningún lugar. Ni siquiera puedo comunicarme telepáticamente con él. Mi mente está embotada por el cúmulo de sensaciones y no me siento con fuerzas para ordenar al dictáfono que deje de realizar su función. Tampoco soy capaz, aunque lo intento, de volver a dirigir mis sentidos para diferenciar el sufrimiento y el gozo. Necesito constantemente que me maltraten para sentirme viva, aunque sé que si continuo permitiéndolo me destruirán completamente. Los individuos que me utilizaron hace un momento, también son conscientes de que podrían matarme, me están empujando para que me meta en alguno de los lagos a descansar. Yo no quiero, pero no me queda más remedio. Trato de rebelarme y dominarles. No quiero descansar. Estoy hiperactiva. Me empujan hacia mi nave. No quieren que me quede aquí. No encajo en este lugar. Me gritan que me vaya y que no vuelva.
Sorprendentemente, cuando me obligan a empujones a que me introduzca en la nave, veo que a Adanio también le traen de la misma manera. Los dos estamos destrozados. Nuestro aspecto es tan lamentable como nuestros ánimos. Solo una respiración de alivio, al divisarnos mutuamente, nos ha dado fuerzas necesarias para alejarnos de allí. Ahora que ya sabemos lo que es el dolor, el exceso, la fealdad y la autodestrucción, sabemos que ya no podremos regresar nunca a Edenia. Tampoco podremos hacerlo a Terraca donde seremos siempre personas non gratas. Solo nos queda el recurso de vagar por el espacio hasta que se nos desgaste el motor de la nave. O adentrarnos en ese planeta que parece tan inhóspito y el computador central denomina Infernia.


Mar Cueto Aller

domingo, 9 de enero de 2011

LA SULTANA AVENTURERA



Ananda era hija de la favorita del sultán de Kapurtala. Cuando nació en el harén esperaban que fuese un varón. Las demás esposas y concubinas se alegraron de que se hubiesen frustrado las expectativas. Auguraban que el todopoderoso dueño del lugar las repudiaría al enterarse del suceso. Tal como había sucedido con sus anteriores favoritas. Hubiesen acertado de no ser por un incidente inesperado que aconteció en el momento en que se decidió a darles la funesta noticia. No quiso enviar a un emisario en honor a los tres años de felicidad y espera que le había procurado la desafortunada madre. Aunque se sentía tan colérico que no se imaginaba que nada pudiese hacerle desistir de su decisión.
Cuando se personó ante Mandala para desterrarla a la zona de la primera muralla del harén, donde se encontraba el refugio de los afligidos, le entró curiosidad por ver a la pequeña que llevaba en sus brazos. Destapó la sabana de seda multicolor que la envolvía y quedó sorprendido al ver la hermosa y tupida cabellera negra de la criatura. Idéntica a la suya. Sus rasgados ojos negros tenían un brillo especial como los de su madre. Poseía también unos pequeños y carnosos labios que le parecieron dedicarle una linda sonrisa. Por un momento sintió miedo de que la pequeña le cautivase y no tuviese valor para repudiarlas. Quiso saltar hacía atrás para alejarse de aquél ser que le hipnotizaba. Pero, cuando se disponía a hacerlo la diminuta mano de la niña le agarró el dedo índice y se lo llevó a los labios como queriéndolo besar. Quedó totalmente desarmado y se olvidó de que su deseo era deshacerse de aquellas dos mujeres y buscarse otra favorita, entre los centenares que había en el harén, para que le diese un heredero.
No pasó ni un solo día en que no visitase personalmente a su adorada hija. Mandó que la educasen en todas las artes según iba creciendo. Incluidas aquellas que siempre habían estado vedadas a las mujeres, como la esgrima, el tiro con arco y la equitación. No había capricho que no le concediese a la sorprendente princesa por inusitado que pareciese. Olvidó por completo que su deber era procurar a su sultanado un heredero. Aunque sus consejeros intentaban recordárselo continuamente, él les desoía, porque pensaba que nadie podría ser mejor para dirigir sus posesiones que su encantadora hija.
Apenas tenía diez años Ananda cuando su padre enfermó notablemente. Le aconsejaron que eligiese un heredero entre sus parientes, a ser posible el que mejores facultades demostrase poseer, antes de que falleciese y sus enemigos se quisiesen apoderar de sus dominios. Muy a su pesar, tuvo que aceptar el consejo, porque veía que su final se acercaba.
Antes de fallecer eligió como sucesor a un sobrino lejano, hijo de un primo, del sudeste de Pakistán. Tenía diecinueve años y destacaba por su aplomo, su gallardía al manejar el sable y su facilidad para domar caballos. Se llamaba Malik y era casi tan alto y apuesto como el viejo sultán en su juventud. Todas las esposas y concubinas a excepción de Mandala y Ananda se enamoraron de él a primera vista. Pues empezaron a idealizarlo y a atribuirle todas las cualidades que sus ociosas imaginaciones deseaban que poseyese.
-¿Has visto Mandala lo joven y bello que es el nuevo sultán?-La decían con complacencia e intención provocadora las compañeras del harén-¿No crees que él es demasiado joven para ti? ¿Y que tu hija es demasiado joven para él?
-Desde luego-respondía orgullosa-nadie lo pone en duda.
-Ahora ya no gozareis de su favor como con el viejo sultán. Quizás hasta perdáis todos los privilegios que teníais por haber sido su favorita.
-Eso es algo que solo al nuevo sultán y a nosotras nos compete.
-¡Bueno! Tampoco es para ponerse así…Yo solo lo decía por si querías decirnos tu opinión.
-Pues ya veis que deseo reservármela-dijo tajante- No se hable más del caso.
Malik quedó tan sorprendido cuando vio por primera vez a Ananda que creyó estar viendo espejismos. Jamás había visto a ninguna mujer montar a caballo y menos disparando con precisión a la vez una flecha. Quiso alcanzarla corriendo a galope en su dirección. Pero la niña al ser más ligera, y montar la mejor yegua del palacio, resultó inalcanzable. Desde ese momento, quedó tan prendado de ella, que se prometió a si mismo que en cuanto se hiciese mujer la desposaría. Mientras tanto, como todo sultán, se entretenía diariamente variando de concubinas. Aún así pasaba mucho tiempo visitando a Ananda e informándose de sus progresos en todas sus aficiones. Ella reconocía que era atento y amable. E incluso se divertía cuando la acompañaba. Pero, no tenía ningún interés en ser su esposa. Ni tampoco en serlo de nadie. La parecía horrible el ver como las mujeres se peleaban por despertar su atención. Y como él las rechazaba, a casi todas, vez tras vez. Pero, lo que más desagradable la resultaba era el saber lo que se hacía con los varones que nacían en el harén. Solo ella veía antinatural que se les convirtiese en eunucos. Aunque, en el fondo, a todas las madres les dolía que a sus hijos les practicasen tan dolorosa amputación.
-Si yo fuese sultana-solía decir a las madres que se veían en la desagradable situación de entregar su hijo para que le practicasen la operación, tan dolorosa y necesaria, que le permitiría continuar viviendo en el harén- Prohibiría la castración. No me parece justo que los demás hombres no puedan tener mujeres y que el sultán tenga tantas para él solo. ¿No os parece que tengo razón?
-¡Calla deslenguada! Solo él tiene derecho, porque es el dueño de todo-la decían indignadas.
-Pues que lo reparta, y así todos estaríamos tan contentos.
-¡Como te oiga, te va a matar! Seguro que entonces te desterraría para siempre de todas sus posesiones.
-Pues, quizás sea lo mejor que podría sucederme. Empiezo a cansarme de tanta injusticia y tanto egoísmo.
Aunque, Ananda siempre exponía sus opiniones sin reparo ante todas las personas del lugar, se las reservaba cuidadosamente cuando se hallaba ante Malik. Sabía que él tenía a su favor todos los privilegios y todas decisiones que se le pudiesen ocurrir y que si quería contradecirle debería usar toda su astucia. Por ese motivo, cuando la dijo que ya le parecía lo suficiente mayor como para ser su esposa, le lanzó un tentador desafío.
-Me siento muy alagada mi señor. Pero, antes de casarnos me gustaría que me permitieses ir a buscar “La perla Malasia de la verdad”. Dicen que solo la persona más valiente del mundo podría conseguirla.
-Mi querida niña. Esa es empresa para un varón, y creo que yo sería el más indicado para encontrarla. Pero, no temáis, en cuanto la encuentre os la entregaré como regalo de boda.
-Permitidme que salga en una expedición para buscarla y si vos la encontráis antes, hacédmelo saber tocando la caracola imperial para que regrese. De lo contrario, yo haré lo mismo sonando la mía, de ser yo quien consiga la preciada perla y os veríais en la obligación de buscar otro tesoro que estuviese a la altura del ya conseguido.
Nadie comprendía el motivo de que el nuevo sultán permitiese a Ananda tantas libertades. Pero lo cierto es que por primera vez en la historia de Kapurtala se le permitió a una mujer salir del Harén. Iba acompañada de todo un sequito de eunucos. Los más hábiles comerciantes, luchadores y exploradores del lugar. Estaban llenos de euforia, seguros de que vencerían al sultán y a su séquito, y con la ventaja de que sabían quien poseía “La perla de Malasia de la verdad”. Mientras que Malik y sus acompañantes con su arrogancia y su prepotencia no dudaron ni un momento en que serían ellos quienes conseguirían el botín.
Ananda estaba tan fascinada ante los paisajes del desierto y de los oasis que estuvo tentada en fugarse y no regresar jamás al harén. Desistió de su deseo por temor a que su madre sufriese las consecuencias. Aunque, gracias a sus compañeros consiguió hacerse con la perla sin grandes dificultades. Fue demorando el regreso, pero al final, la aconsejaron que avisase con la caracola y le demostrase al sultán que había ganado en la búsqueda.
El sultán no se tomó muy bien la derrota. Era la primera vez en su vida que le sucedía tal cosa. Y para consolarse le dijo a Ananda que celebrarían en breve su boda. Ella volvió a retarle con otra competición. Le dijo que deseaba encontrar antes “La mágica ave multicolor parlanchina” Malik nunca había oïdo hablar de semejante ave. Preguntó a los sabios y como le dijeron que aunque eran muy raras de ver si habían oído que existiesen, partió en busca de ella y permitió que Ananda partiese con sus inseparables eunucos.
La joven volvió a conseguir su objetivo para irritación del sultán. Pero, cuando ella le regaló la graciosa ave y le saludó con sus roncas y simpáticas palabras se le pasó el enfado.
-¡Viva el sultán favorito! ¡Viva el sultán favorito! ¡Viva, viva!
Tras ese reto, llegó el de encontrar “El ojo de Visnú” que era un enorme diamante de deslumbrante pureza. Después “La planta devoradora” A continuación “El sable de la victoria” y “El pez brillante de los mares abisales” Tantas y tantas expediciones hicieron, que cuando se quisieron dar cuenta, ya eran demasiado mayores para seguir con tales aventuras. Ananda se dio cuenta de que en el fondo amaba al sultán. Ya no la molestaba la idea de casarse con él. Y Malik de que no podría amar a ninguna otra mujer. Por ese motivo la prometió que concedería la libertad a todas las personas del harén, que podrían quedarse a trabajar en él voluntariamente. Nunca más se practicarían operaciones tortuosas en su mandato. Cosas que cumplió a rajatabla, pero, su sultanado no fue muy duradero.


Mar Cueto Aller