jueves, 3 de noviembre de 2011

ENTRE LA MUCHEDUMBRE



El sol hacía resaltar la multitud de colores. Lanzaba guiños metálicos que cegaban a los caminantes. Las voces de los vendedores cantaban las virtudes de sus mercancías. Un delicioso olor atrajo al pequeño hacía el puesto de los embutidos. Corrió ágil y graciosamente entre los compradores del mercado para situarse en primera fila. No llegaba al mostrador, pero, trató de imaginarse las exquisitas viandas que debía haber en él. Recordó aquella comida tan sabrosa con que habían llenado su plato, el día anterior, poseedora de tan entrañable aroma.
Cuando se quiso dar cuenta de que llevaba mucho tiempo deleitándose, miró a su alrededor, no vio a nadie conocido. Una angustia invadió su mente. Se preguntaba una y otra vez: ¿A donde habrían ido sus acompañantes?
Siguió caminando. Ya no se movía con agilidad. La torpeza le hizo tropezar con una mesa. Casi la tira con toda su mercancía. El dependiente le lanzó una mirada aviesa que le llenó de temor. En el puesto siguiente procuró mirar a los transeúntes que vestían prendas semejantes a las que conocía. Todo resultó en vano. Más allá, se arrimó tanto a unos compradores para ver sus semblantes, que le dieron un pisotón. Nadie se inmutó ante su sufrimiento. Siguieron impasibles, preocupados únicamente en sus mercaderías.
La desesperación le invadía. Solo dos niños se apiadaron de él y le acariciaron. Pero, su madre les reprendió y se los llevó a tirones. Pensó en abandonar aquel lugar tan ruidoso y lleno de gente que le parecía hostil. Ya se dirigía a la salida, cuando una voz desconocida y dulce, le dijo: "No temas, pequeño. Yo te llevaré a tu casa"

Mar Cueto Aller

sábado, 23 de julio de 2011

LA PEQUEÑA XANA


Siempre había esperado tener una niña, pero de su matrimonio, tan solo la nacieron varones. Cuando dio a luz el quinto decidió no volver a intentarlo. Aunque los quería más que a nada en el mundo, a menudo, miraba con sonrisa triste a las niñas del lugar. Todos los días madrugaba antes de que saliese el sol para ir a la fuente y el lavadero. Lo hacía llevando un barcal sobre la cabeza y un cubo en cada mano. Parecía una tarea ingrata, sin embargo, a ella la resultaba agradable. Allí cuando terminaba la colada se entretenía, hablando o cantando con otras mujeres, mientras llenaban los cubos y cántaros de agua. Casi siempre era la primera en llegar y en marcharse. Luego se entregaba a los quehaceres de la casa que no la dejaban ni un momento de respiro.
Aquél día al entrar bajo el enorme paraguas, de madera y pizarra que techaba el lavadero, oyó un ligero llanto que la recordó el ya olvidado de sus bebés. Miró bajó todas las piletas y al final encontró la causa. La tomó en brazos y siguió buscando a ver si aparecía la madre. Buscó durante un largo recorrido por los alrededores y al ver que no había nadie corrió a su casa con la criatura dentro de la cesta en que la había encontrado. Dejó la ropa sucia y los recipientes para llevar el agua abandonados. Sabía que sus vecinas se los guardarían en cuanto los viesen.
Cuando entró por la puerta con el bebé llorando se despertó su marido que solía levantarse, al igual que sus hijos, con la hora justa para desayunar y asearse antes de ir a la mina.
-¿Cómo se te ocurre traer una niña abandonada a casa?-dijo el marido- ¿No ves que podría aparecer su madre y acusarte de haberla robado?
-No creo que su madre vuelva a por ella. Seguro que la ha abandonado para que la recojamos y la cuidemos como si fuese nuestra hija.
-¡Estás loca! Si no la quieren es que no son buena cosa… Nadie abandona a una hija si es una buena persona. Seguro que es hija del pecado…
-Pero la niña no tiene la culpa de nada. Nosotros podríamos decir que es nuestra y educarla para que sea buena y me ayude, de grande, a hacer las cosas de casa.
-No sé. Quizás sea lo mejor para ella. Ves a ver si alguien la reclama, y si no la reclaman… Ya veremos lo que hacemos.
Rosana dejó a la niña en casa y volvió al lavadero. Todas sus vecinas estaban preocupadas al ver que había dejado sus cosas y que se había ido. Su mejor amiga se dirigía a ver si se había puesto mala o si había tenido algún percance. La encontró a medio camino. Pero no quiso contarla lo sucedido y se disculpó diciendo que se había mareado y que ya estaba mejor. Ardía en deseos de terminar pronto para ver a la criatura y cuando pudo hacerlo comprobó que en la cesta de juncos solo había un peine y un espejo de oro. No sabía si realmente serían del preciado metal o de imitación. En cualquiera de los dos casos decidió que nunca los vendería y se los guardaría para cuando la creciesen los cabellos y se los pudiese peinar. La sorprendió comprobar que estaban labrados con una fina y hermosa filigrana en las que se distinguían dos iniciales la erre y la efe. “Se llamará como yo: Rosana y la apellidaremos Ferminez como al resto de la familia” pensó complacida.
Después de dilucidar con su marido y sus hijos decidieron esperar dos semanas para ver si aparecía la madre de la pequeña. Rezaba durante el día y la noche esperando que no hubiese noticias de ninguna búsqueda ni aparición. Para ir preparando el engaño con que esperaba convencer a sus vecinas, se metía una toalla bajo su saya, formando una curva en su abdomen como si estuviese embarazada. Lo tenía todo muy bien pensado y pasado el plazo, que había pactado con su familia, empezó a hacer del dominio público el rumor del nacimiento de su anhelada hija.
Por muy bien que planeó la idea de que había dado a luz a una pequeña. Nadie en el pueblo se lo creyó realmente. Todos murmuraban que era hija de una xana y en lugar de llamarla Rosana, como se empeñaba su madre, le quitaban al nombre la primera sílaba. Apenas empezó a andar, todos los que la veían, se percataban de que su belleza no era de este mundo. Sus rubios cabellos tenían un brillo y una suavidad especial. La armonía de su cuerpo tenía una gracia sobrenatural. Sus facciones eran de una finura inusual entre las gentes del lugar. Cuantos la veían se quedaban fascinados fuesen niños, jóvenes, adultos o mayores.
-¡Mira mamá! Esa niña parece un angelito como los de las estampas de comunión.
-Tienes razón hijo, es la niña más bonita que se haya visto por estas tierras.
-Ye que, es una pequeña xana.-Decía una de las mujeres presentes-La madre dice que ye suya, pero, seguro que nació como las xanas del agua de la fuente.
-No digáis tonterías, es una niña como todas las demás.-Exponía Rosana.
El halo de misterio que envolvió a la pequeña desde su nacimiento la convirtió en una leyenda. Todas las personas del pueblo la veían como si fuese sobrenatural. No solo admiraban su físico, también les parecía que su inteligencia era portentosa, pues cuando empezó al colegio, captaba todas las enseñanzas al instante. Los niños la esperaban a la salida para verla pasar. Sus compañeras celosas trataban de ofenderla siempre que podían y no la querían incluir en sus juegos. Ella para entretenerse y no disgustarse se limitaba a dibujar, flores y cosas bonitas, y a leer libros de aventuras. De esa manera tuvo una infancia feliz aunque diferente y algo solitaria.
La maestra de Xana intentaba que la niña se integrase con sus compañeras. Para lograrlo dividía la clase en grupos y les mandaba hacer trabajos sobre temas interesantes para ver si así la admitían. El resultado no solía ser muy bueno. Casi siempre la dejaban hacer las ilustraciones y los rótulos sin querer tener en cuenta sus aportaciones teóricas. La última vez que intentó que hiciesen un trabajo en grupo fue de geografía. Habían dividido la clase en cinco grupos y tenían que resumir los datos más característicos del continente al que la suerte les había dirigido. Además de los accidentes y de las poblaciones tenían que incluir la flora y la fauna. A Xana la encantó la idea y quiso participar activamente en alguno de los temas, pero sus compañeras la excluían y la limitaban a que hiciese como siempre los títulos y los dibujos solamente. Mientras se repartían los ejercicios, no se dieron cuenta de que se les hacía tarde y ya se habían marchado casi todas las compañeras. En el patio para no variar había un grupo de muchachos que ni siquiera iban a ese colegio pero que solían ir para ver a Xana salir, y como tardaba empezaron a gritar a voces que querían que saliera.
-Mira Lina ¿No es ese Serafín, el que decías que era tu novio? Está entre los que repiten a gritos: “que salga Xana”
-Esta bruja ya le habrá hechizado como a los otros-dijo Lina.
-No, yo no he hechizado a nadie. Y no te preocupes que a mi no me interesa. Puede ser tu novio si lo quieres.
Lina que estaba furiosa al ver lo que estaba sucediendo perdió el control de si misma y sin avisar ni demostrar cuales eran sus intenciones agarró una pluma y se la intentó clavar a Xana con todas sus fuerzas. No consiguió clavársela, pero si penetró entre la tela de su vestido hasta desgarrar su piel y lo manchó de tinta y sangre entremezclada. Quiso volver a intentar clavarla la pluma pero esta vez Xana se percató y puso la enciclopedia, que tenían sobre la mesa, de escudo. Su instinto de supervivencia la hizo empujar con tanta fuerza el grueso libro que al chocar con el impulso con que la envestían hizo caer a la otra niña. Quien se golpeó el brazo y se lo dislocó. Los gritos que daba alertaron al profesorado y como Xana se fue corriendo, para que la curaran en su casa la herida que tenía, la echaron todas las culpas de todo lo sucedido. Nadie la defendió y todas las presentes se alegraron cuando oyeron, días después, que Xana ya no volvería al colegio. Ni ella ni Rosana querían que lo hiciese por temor a que la volviesen a agredir y a verse envuelta en más situaciones desagradables.
La herida de Xana no tuvo consecuencias muy serias pues la plumilla había chocado con un hueso de costilla y ni la perforó ningún órgano. La quedó una pequeña cicatriz de dos centímetros que solo su madre llegó a ver cuando la curó la herida. Desde ese momento, aunque solo tenía diez años, se dedicó a ayudar a su madre en las labores de la casa y a leer, dibujar y coser en su tiempo libre.
Los niños de los alrededores como ya no podían ver a Xana a la salida de la escuela se dedicaron a merodear por los caminos que llevaban a su casa. Nunca antes había estado tan concurrida esa zona del pueblo que estaba un poco apartada. De día se pasaban las horas alrededor del gallinero y de la corripa para ver si la veían llevar la comida a los animales. De noche también se acercaban por allí y cantaban serenatas para ver si se asomaba a las ventanas o al balcón. Rara vez lo hacía. Solo en alguna ocasión en que la gustaba la melodía y la voz que escuchaba y se limitó a sonreír desde la ventana. Pero, como los que la vieron se lo contaron a cuantos conocían empezaron a ir a cantarla casi todos los días. Algunos lo hacían tan mal, que Rosana salía enfadada a quejarse, unas veces porque no les dejaban dormir y otras porque era penoso oírles.
-¿Qué hacéis? ¿Es que queréis que llueva?
-No, solo queremos ver a Xana. Nos han dicho que la gusta que la canten canciones.
-Pues no es verdad. Ni a Xana ni a nadie le gusta que la canten como vosotros lo hacéis. Si es que a eso se le puede llamar cantar.
Los chicos se iban cabizbajos y un poco avergonzados. Aunque a los pocos días volvían otra vez, si no eran ellos, otros en su lugar, haciendo las mismas tonterías. Mientras Xana era pequeña en su casa no se preocupaban mucho por los pretendientes que venían a verla. Pero cuando empezó a crecer y a hacerse una mujercita las cosas cambiaron. No la dejaban ir sola ni a dar de comer a las gallinas por temor a que algún gamberro la importunara. Los jóvenes que venían a verla ya no parecían tan inocentes y tan formales. En muchas ocasiones hasta se peleaban delante de ella por celos y por llamar su atención. Xana empezó a deprimirse. Ya ni siquiera hacía dibujos para entretenerse. No cantaba mientras hacía las faenas diarias. Dejó de sonreír por completo.
Desapareció una mañana en que había madrugado más de lo habitual para ir a la fuente. Llevaba en la cabeza el barcal y en las manos los dos cubos tal y como siempre los había llevado Rosana. Quien la seguía, a pocos pasos, llevando una carga semejante. Pero al llegar a la fuente vio, sin poder evitarlo, como su querida hija se metía en la fuente fundiéndose con el agua.
Pasaron muchos años y la gente del pueblo seguía acordándose de Xana. Unos decían que había sido una persona excepcional, otros que simplemente normal. O incluso que se trataba de una leyenda y que nunca existió. Pero yo sé que los que dudan de su existencia se equivocan porque mi abuela, que se casó con Rubén el hijo mayor de Rosana, me regaló cuando vivía una caja de cartón en la que todavía conservo: el peine y el espejo de oro con sus iniciales. Junto a los dibujos de flores y retratos de animalillos y de familiares que Xana había dibujado.


Mar Cueto Aller

martes, 19 de abril de 2011

NUNCA TE OLVIDAREMOS


NUNCA TE OLVIDAREMOS


(A la memoria de la madre de Eva)

Nunca te olvidaremos.
Será imposible.
La mar de Gijón
nos recordará tus ojos,
tan azules e inquietos.
La estación de Oviedo,
siempre me evocará
tus palabras amables,
cariñosas y lúcidas.
El paisaje de Pañeda,
tus anécdotas, tu risa,
el calor de tu familia.
Nunca te olvidaremos,
será imposible.
Tan amable, tan esplendida,
tan alegre y tan cordial,
Vivirás siempre en nosotros,
porque siempre te querremos,
a éste,
y al otro lado del mar.

Mar Cueto Aller

sábado, 26 de marzo de 2011

El baile del tirano


El baile del tirano

Las lámparas de cristal de Bohemia tintineaban al ritmo de la música. Sus destellos se entrecruzaban con los de las joyas que lucían las mujeres. Multiplicándose por los reflejos que se diseminaban por todos los espejos que cubrían las paredes. Tras las columnas de mármol, sentadas en los sofás de terciopelo púrpura, las damas de mayor edad murmuraban. Nadie se fijaba en los perfectos y coloridos frescos mitológicos que cubrían el techo. Casi todas las miradas se dirigían a la joven hija del embajador en Alemania que había acudido al país en viaje de negocios. Su rubia melena, adornada con dos rosas naturales, causaba sensación. No podían tacharla de que fuese provocativa. Su blanco vestido con escote de barco tapaba por completo, bajo la tela de raso, sus pequeños y elegantes senos. El faldón de vuelo ni marcaba ni la trasparentaba la silueta. Tampoco era una experta bailarina. Se notaba que eran sus primeros valses y polcas, pero, se movía con una gracia tan especial que dejaba embobados a cuantos la observaban. El anciano generalísimo Bernardo De Menduzal no era una excepción. Aunque comenzaba a padecer signos de demencia senil se había obsesionado, paranoicamente con la joven, desde el primer momento en que la vio. Era totalmente opuesto al progreso tecnológico y no quiso saber nada de propuestas de negociación, con empresas alemanas, hasta que había divisado al padre de la joven acompañándola. Al verla se le caía la baba literalmente. Sus consejeros acompañantes tenían que limpiarle con el pañuelo para que no se evidenciase el signo de su lujuria.
-Querido hermano, ten mucho cuidado con tú linda hija Merceditas. Es la admiración de los hombres y la piquilla de las mujeres.-Dijo la tía al ver como todas las miradas se dirigían a la joven cada vez que se levantaba o se movía por el salón.
-¡Tonterías! Es solo una niña. ¿Quién puede admirar o preocuparse por lo que haga una niña?
-Todos, menos tú, que la miras con ojos de padre. Pero, yo sé de un viejo libidinoso que cada vez que la mira babea y no la quita ojo. Si quieres mi consejo: aléjala de él o tendréis disgustos.
El padre de Mercedes no daba crédito a las palabras que preventivamente le decía su hermana. Le parecieron absurdas hasta que media hora después de oírlas el generalísimo, como le gustaba que le llamasen, le mandó emisarios para que le acompañasen a su presencia en su despacho personal. No se explicaba a que se debía un cambio tan repentino, aún así, aprovechó para explicarle en que consistían las fábricas que deseaban hacer negocios en su país. Bernardo de Menduzal hacía como que le escuchaba pero su mente estaba divagando en asuntos muy diferentes. De vez en cuando asentía torpemente. El embajador presentía que sus explicaciones estaban siendo desoídas. Aún así, le habló detalladamente de las excelencias en los vehículos con tecnología alemana. De las fabricas de suministros industriales y mineros que terminarían con el índice tan elevado de accidentes y aumentarían la producción. Continuó explicándole como las industrias conserveras les ayudarían a aprovechar los recursos naturales de la mar, el campo y la ganadería; evitando la cantidad de desperdicios y las hambrunas habituales. Nada parecía impresionar a su embobado interlocutor. Pero en lugar de desanimarse buscaba el modo de despertar su interés. Quedó helado cuando, al fin, le hizo saber el motivo de haberle llamado a su presencia.
-No se preocupe, firmaré cuantos acuerdos sean necesarios. Teniendo en cuenta que es usted el padre de tan excelente dama, digna de un generalísimo, no me queda más remedio que acceder. Espero que usted también esté de acuerdo en que Merceditas se quede a pasar la noche en mis posesiones cuando termine la fiesta. –Dijo con voz algo gangosa. Como acostumbraba siempre a hablar.
-¡Perdón! No le he entendido bien. ¿Me está usted hablando de mi hija o ha sido un mal entendido mío?
-Ha entendido usted correctamente. Espero que se sienta alagado y considere un honor el que me haya fijado en ella. Sabré recompensarle.
-No me puedo creer lo que está sucediendo.-Dijo indignado el padre de Mercedes, Aunque siempre solía ser muy flemático por aberrativas que fuesen las palabras que escuchaba.-Estoy seguro que un ser civilizado, como supongo que será usted, sabrá respetar a una niña por muy bonita que le parezca.
-Y la respeto, la respeto.-Volvió a utilizar su gangosa voz con arrogancia-Espero que por su bien usted no se oponga a los deseos del generalísimo del país. Estoy seguro de que no lo hará.
El embajador observó como los dos guardaespaldas que habían escuchado impasibles echaban mano del revolver que lucían en sus uniformes con gesto amenazador. Sintió pánico no por su vida sino por la de su mujer y su hija. Se mordió los labios para no decir nada que pudiese complicar la situación y dijo con aparente tranquilidad, aunque su corazón latía vertiginosamente, que le dejase pensarlo y meditarlo durante el baile. Salió desesperado del despacho y se dirigió a toda velocidad a la sala de baile donde se abrió paso hasta llegar a su hija Mercedes.
-Tengo que decirte algo muy importante-la dijo con discreción usando el idioma Alemán-Es necesario que te dirijas a la puerta y te reúnas allí con tu madre y conmigo. Acompáñate de todos estos jóvenes hasta que estés a nuestro lado. No dejes que se separen de ti y no permitas que el viejo que nos ha invitado se te acerque, Ni él ni sus guardaespaldas. ¿Me has entendido Merceditas?
-Sabes que no me gusta que me llames así, No soy una niña. Y tampoco me llames Mercedes, sabes que en Alemania lo consideran nombre de coche. Llámame Merche, mis compañeras siempre decían que es más original y más personal.
-Está bien, como quieras, Merche. Pero, por favor, haz lo que te acabo de decir. Es muy importante. Luego te diré el porqué. Ahora debemos actuar con rapidez y astucia.
Tardó unos minutos en encontrar a su esposa, aunque le parecieron siglos, a pesar de que su rubia cabellera contrastaba con la de las mujeres que la rodeaban. Había tanta gente bailando y repartiendo bandejas de bebidas y emparedados que no se divisaban a las damas sentadas. Preguntó con aparente indiferencia a cuantas personas conocía y al divisarla respiró aliviado. La dijo en su idioma las mismas instrucciones que había indicado a su hija. Utilizando varias palabras que demostraban su indignación, sabía que solo ella las entendería, y la harían comprender la gravedad del asunto. Su mujer, que le conocía sobradamente, enseguida comprendió cual era el problema y aunque estaba aterrorizada actuó con toda la eficacia necesaria. Se despidió lo más diplomáticamente que pudo de sus acompañantes y sin dudarlo hizo lo que su marido le aconsejaba.
A la salida del recibidor se encontraron con su hija acompañada de cuatro jóvenes que se deshacían en halagos. Les costó trabajo que la dejasen marchar, y cuando lo consiguieron, en la entrada se encontraron con un grupo de militares armados que parecían encañonarlos hacía adentro. No se explicaban cual era el motivo de que apareciesen armados, en forma de combate, pero si sabían que los cinco guardaespaldas que les echaron el alto por detrás eran enviados por el tirano al que obedecían. Se hicieron a un lado y quedaron a la expectativa viendo como los dos grupos armados se pedían explicaciones.
-¿Quién les ha dado permiso para irrumpir armados en el palacio en medio de un baile?-Dijo groseramente el portavoz de los guardaespaldas.
-Necesitamos urgentemente hablar con el generalísimo. Esperamos sus órdenes inmediatamente para sofocar el tumulto que se está desencadenando a la entrada del palacio y a las de los graneros imperiales.
-¿Qué clase de hordas están formando esos tumultos?
-Son campesinos y obreros harapientos del pueblo. Unos dicen que se han echado a perder las cosechas y otros que se mueren de hambre. También se quejan de que necesitan grano para sembrar. Vienen armados de palos y aperos de labranza, Solo necesitamos la orden de fuego a discreción y en pocos minutos con nuestros morteros y metralletas habremos acabado con los miles de manifestantes que osan rebelarse.
Mientras los militares terminaban de dar las noticias sobre lo que se estaba desencadenando en la calle el embajador y compañía se dirigieron a las puertas que estaba abierta de par en par. No se percataron de que se escapaban, o si lo hicieron, prefirieron dar prioridad al asunto de la revuelta. En lugar de dirigirse a las verjas del jardín de entrada rodearon por las caballerizas en dirección al río. Sabían que tendrían que nadar hasta la otra orilla y confiar en que en alguna casa labriega les pudiesen suministrar ropa discreta con la que poder salir del país antes de que se desencadenase la revolución que se estaba fraguando.
-¿Crees que la gente del pueblo nos ayudará a escapar?-Dijo temerosa la esposa del embajador-¿No nos tomarán por sus tiranos y atentaran contra nosotros al vernos vestidos igual que ellos?
-Es un riesgo que debemos correr. Yo confío más en la cordura de la gente del pueblo que en la de sus opresores.
-Sí, intentémoslo. Siempre será mejor caer en sus manos que no en las garras de tan sanguinario tirano.-Dijo Mercedes.
Cruzaron con dificultades el caudaloso río, los ropajes que llevaban no eran los más indicados para conseguirlo, pero el instinto de supervivencia les dio las fuerzas necesarias para lograrlo. No sabían como serían las personas que encontrarían del otro lado, aún así, tenían la esperanza de poder encontrar buenas gentes entre los lugareños.

Mar Cueto Aller

miércoles, 16 de febrero de 2011

“Inolvidable luna de miel”



La ceremonia terminó pulcramente y sin contrariedades. Con excepción de los guantes manchados de rimel, de la madrina, que junto al largo collar de perlas destacaban notablemente sobre su traje de terciopelo negro. Y la voz de la novia al tartamudear repitiendo la palabra: Filelelelidad
Del banquete no hubo ninguna queja. Todo el que quería podía repetir hasta la saciedad. E incluso, se sirvieron los chuletones a gusto de cada consumidor: muy, poco o medio hechos. La sobremesa no fue muy larga y enseguida se comenzó el baile. Los novios solo se quedaron al primer vals y al rock and roll que solicitaron a la orquesta porque era su pieza favorita. Luego, se fueron rápidamente para cambiarse en sus casas antes de coger el avión.
El vuelo les transportó sin incidentes. Cuando el taxi se detuvo ante el hotel el botones se acercó para cogerles las maletas.
-¡No! Deje, que las llevamos nosotros-dijo la joven.
-¿Cómo que las llevamos nosotros? ¡Qué las lleve él que es su trabajo!
-¿Después de cargar con ellas por todo el aeropuerto, vamos a pagar ahora porque nos las lleven dos metros o tres por el hotel?-protestó ella.
-¡Cállate la boca! Y no hagas que quedemos como unos palurdos.
La disgustó que la tratase así. Aunque, estaba tan feliz y tan fascinada, por lo que veía, que no quiso darle importancia. No pensaba permitir que ninguna discusión enturbiase aquel momento. Pero, tampoco podía reprimir sus expresiones de admiración.
-¡Esto es precioso! ¡Esto va a costarnos un huevo! ¿A ver si no vamos a tener para pagarlo?
-¡No seas cateta, qué me vas a dejar fatal! Ya está pagado todo-dijo irritado el joven, y añadió preocupado por si alguien dudaba de su solvencia-con el mi sueldo puedo permitírmelo perfectamente- Luego se acercó al mostrador de recepción y se dirigió al empleado-Venimos a la suite nupcial reservada a nombre de Tino y Carlota.
-¿Carlota? ¿Cómo se te ocurrió ponerme Carlota? Sabes demás que me llaman Carla. ¡No me esperaba eso de ti!
-¡Idiota! ¿No pone Carlota en tu carné de identidad? Lo puse así por si te lo pedían.
-Lo pone así porque se equivocó el tipo del registro ¡Qué mis padres querían ponerme Carla! ¡Y, que yo sepa, en el tuyo no pone Tino pone Faustino! ¡Eso, bien que lo has modificado! ¿O es que para ti hay una ley y para mí otra?
-Por favor no se preocupen-dijo el recepcionista-Tengo aquí su reserva señor Tino y señora Carla.
-¿Ves? Eso ya me gusta más. Vaya guapo que es todo esto. ¡Nunca vi nada tan guapo!
-¡Claro!-dijo el acompañante-Jamás había salido de su pueblo. Yo, ya estuve aquí hace dos años, cuando jugó el Sporting.
-Entonces no hará falta que le entregue estos folletos con las zonas turísticas de más interés y un mapa. Ya lo conocerá todo.
-Bueno, conocer lo que se dice conocer, no lo conozco nada. Solo estuvimos en el estadio y luego en la cafetería cogiendo una mangada para consolarnos. ¡Armamos una buena! Pero casi no causamos desperfectos, y los que hicimos los pagamos bien y…
-Comprendo-le cortó el recepcionista, sin poder evitar una ligera mueca de menospreció y una sonrisa de compasión a la chica, quien fue la única que supo captarlas.
Después de terminar los trámites, en el registro del hotel, les entregó la llave. Se fueron, a deshacer las maletas, muy ilusionados. A Carla le fascinaba toda la decoración y las vistas. Observaron que la playa no estaba muy lejos y como todavía les quedaban varias horas de sol decidieron ponerse el bikini y el bañador e ir a descansar en la arena hasta la hora de cenar. Carla, en cuanto llegaron, sacó su bronceador de máxima protección. Sabía por experiencia: que si no lo usaba se quemaría su delicada piel.
-¡Ahora, te toca a ti! Qué tú también eres muy blanquito y te puede pasar como a mí, cuando voy al río en verano, que siempre termino como un tomate. ¡Y no veas lo que escuece luego!
-¡Eso son tonterías de muyeres! A mí no me vengas con mariconadas, que los hombres no usamos esas bobadas. ¡Y déjame dormir, que esta noche vamos a tener mucha actividad!
No quiso insistir para no volver a entablar discusiones. Pero, cuando vio que se había dormido abrazado a ella y que su piel empezaba a enrojecerse, le quiso untar un poco de bronceador con mucho cuidado para que no se enterase. Justamente en ese momento él se dio la vuelta y tropezó con el frasco. Se puso tan furioso que casi la golpea. Aunque se limitó a insultarla y darla un empujón. Ella no pudo evitar que las lágrimas acudiesen a sus ojos. Se consoló respirando profundamente la brisa que venía de la mar y enseguida volvió a sonreír tratando de convencerse de que no había pasado nada. Y que seguramente que en cuanto se fijase en lo bonito que era el paisaje y lo afortunados que eran de poder disfrutarlo, que volvería a besarla, tratarla bien y tener buen humor.
El cielo se había vestido de cálidos colores cuando él se despertó de la siesta y rompió la magia del momento lanzando un sonoro grito a la vez que empezó a quejarse y a blasfemar de continuo. No quiso vestirse y se volvió al hotel envuelto en la toalla sin parar de protestar. Carla guardó la ropa en el capacho y no insistió apenas en animarle a que se pusiese la camiseta y los pantalones. Él se sintió abochornado cuando entraron en el vestíbulo y la pidió que fuese a por la llave de la habitación.
-¿Cómo tengo que pedirla? ¿Habrá que pagar algo para que me la den o me la dará gratis?-Preguntó muy preocupada.
-¡Estúpida! Solo tienes que pedir la llave de la 507. Y no hay que pagar nada. Así que no vuelvas a hacer el ridículo.-Dijo su marido enfadado.
-¿Cómo te atreves a decir que yo hago el ridículo?-Dijo furiosa-¡A mí me parece que el único que está haciendo el ridículo eres tú! Que vas envuelto en una toalla, lleno de arena y colorado como un cangrejo. Y seguro que si les pregunto a todos estos que pasan por aquí que opinarán lo mismo. ¿Quieres que haga la prueba?
-¡No, no, cariño! Perdona, es que…, ésto, me duele tanto, que estoy muy nervioso.
Cuando llegaron a la habitación la pidió que bajase a buscar una farmacia de guardia y que no parase hasta conseguir una pomada o algo que le aliviase los escozores que padecía. Ella preguntó, al primer empleado que vio, para ver si podía ayudarla.
-¡Oye, tú! El de las maletas. ¿Sabes donde puedo encontrar una farmacia de guardia?
-No le sé decir. Pregunte en recepción.
Se dirigió al recepcionista y le repitió la pregunta.
-Si, hay una farmacia de 24 horas a unos diez minutos de aquí. Salga a la izquierda y a la altura del Fish food cruce la calle, siga recto hasta el Irish Pub y luego tuerza hasta la Fashion Boutique. Justamente enfrente la encontrará. Es que no me sé el nombre de la calle. Pero, no tiene perdida.
-¡Dios mío, que lío! No le he entendido nada de los nombres que me ha dicho, solo que vaya a la izquierda, luego siga recto y luego tuerza-dijo moviendo los brazos en sentido contrario a como la indicaban, haciendo que el recepcionista no pudiese evitar la risa y se compadeciese de ella.
-Mira, aquí viene mi relevo. Si esperas a que me quite la chaqueta del uniforme te puedo acompañar.
No tardó ni cinco minutos. Venía con una cazadora vaquera, de color claro, que hacía juego con sus ojos. Fue en ese momento cuando ella se dio cuenta de que además de ser bonitos eran muy expresivos. Empezó a contarle sus problemas como si le conociese de toda la vida, y terminó contándole hasta sus defectos y frustraciones. Su confianza era tan contagiosa, que antes de llegar a la farmacia se pararon varias veces y él también le contó un resumen de su vida y de sus problemas. En lugar de despedirse cuando llegaron a la tienda, la volvió a acompañar hasta el hotel. Sabía que estaba inflingiendo la prohibición de intimar con los clientes, pero nunca se había sincerado así con nadie, y le hubiese gustado continuar la conversación. Hasta sintió una punzada de frustración al recordar que estaba casada y que no podía proponerla una cita.
Carla no pudo dormir en toda la noche, pues los quejidos de Tino se lo impedían, a excepción de un pequeño sueño fruto del agotamiento. Se despertó muy turbada, pues había soñado que su marido era el recepcionista y que habían tenido una muy satisfactoria noche de bodas. Lloró al comprobar que la realidad no tenía nada que ver con lo soñado.
Por la mañana Tino estaba tan repugnante como la noche anterior. La pomada apenas le aliviaba durante breves instantes y volvía a sentirse fatal. Discutía por todo, y comprendió que la única manera de que Carla no le terminase aborreciendo definitivamente era que le dejase solo y se fuese a la playa o a pasear. Ella se puso tan contenta cuando se lo propuso que hasta le abrazó dispuesta a darle un beso, pero al oírle chillar, se separó rápidamente y se lo tiro con la mano. Se fue muy deprisa por si acaso se arrepentía y la pedía que se quedase a acompañarle.
Tenía tan mal sentido de la orientación que ya no se acordaba del camino hacía la playa. Se acercó a preguntar en el mostrador de recepción. Para su sorpresa, Javy que comenzaba su turno de desayuno se ofreció a acompañarla. Su intención era solo indicarla el camino, pero se liaron hablando, y al final, ella le invitó a compartir los panecillos con caviar y salmón que Tino no quiso cenar.
-¡Mi pobre Tinín, que mal lo estará pasando!-Repetía a cada momento.
Por la tarde volvió a ir a la playa. Curiosamente, la volvió a acompañar el recepcionista. Pero, en ésta ocasión no fue tan casual la coincidencia. Él se imaginó que volvería a salir sola y no quiso ir a merendar hasta que la vio aparecer.
Los siguientes días se sucedieron de la misma manera. Hasta el jueves en que Tino ya estaba mejor y fue él quien acompañó a Carla a tomar el sol. Tampoco quiso untarse bronceador, pues se le había metido en la cabeza que una vez curadas sus quemaduras ya estaba curtido e inmunizado contra los rayos del sol. Por lo que a la hora de comer tuvo que regresar al hotel envuelto en la toalla, quejándose y blasfemando, como el día de su boda. Además, se enteró de que los días anteriores ella había estado acompañada por el recepcionista. Se puso tan encolerizado que la pegó un puñetazo y la hubiese pegado más si no hubiese tenido tan dolorida su piel.
-¡O sea! ¿Qué mientras yo me moría de dolores tú estabas ligando con un desconocido?
-¡Ni estaba ligando, ni era un desconocido! Tú le conocías tanto como yo. Y si no fuese por él, no hubiese encontrado la farmacia y no te hubieses curado de tus quemaduras.
El golpe la había dejado la cara magullada, y por más que intentó disimularlo con maquillaje no pudo. Cuando la vio Javy quería llamar a la policía, para poner una denuncia, pero ella le convenció para que no lo hiciese. Sabía que si le veían abrazarla que podrían despedirle, pero no pudo rechazarla y la correspondió a su abrazo. A continuación llamó a su compañera para que viniese a sustituirle, ofreciéndola cambiarle el turno por el del sábado. Ella no se hizo de rogar y se presentó al instante.
Estuvieron paseando por los acantilados y él la enseñó la gruta donde se refugiaba, para ir a pensar a solas, cuando tenía algún disgusto. Caminaron hasta el anochecer, y como ella tenía miedo de volver al hotel y ninguno de los dos tenía sueño, se pasaron la noche hablando en un pub. En su interior ambos hubiesen deseado compartir más intimidad, pero ninguno consideró oportuno manifestarlo. Él pensaba que sería como aprovecharse de su debilidad. Ella, que no sería correcto por su parte, pues todos los familiares y conocidos la echarían la culpa de que su matrimonio hubiese fracasado tan rápido. Pensaba pedir la anulación, ya que el matrimonio no se había consumado, y solo tendría fuerzas para proponerlo si se mantenía con la conciencia tranquila.
Al amanecer se fueron a desayunar para recobrar fuerzas. Javy insistió en acompañarla a recoger sus pertenencias al hotel y ella no se negó. Temía que Tino la volviese a pegar, pero, en el fondo la daba pena y no quería meter en el asunto a la policía a no ser que fuese inevitable.
Tal como esperaban que sucediese, Tino se puso furioso al verles. No cambió de actitud hasta que le hicieron razonar.
-¡Serás zorra! ¿Cómo te atreves a venir aquí con ese chulo macarra? Dijo levantando la mano en actitud de querer abofetearla.
-¡Tranquilo y sin insultar! Si no quieres que llame al servicio de seguridad del hotel y a la policía. Hemos venido por la de buenas para evitar un escándalo. Pero, si lo prefieres, no dudaré en llamarlos y que te obliguen a razonar a la fuerza. Ni ella es una zorra, ni yo soy nada de lo que has dicho. Yo solo quiero ayudarla como ayudaría a cualquier mujer maltratada por un machista. Si le das por la de buenas el billete, yo la llevaré al aeropuerto y avisaré a sus padres para que vayan a recogerla a la llegada discretamente. Luego, ya se arreglará todo pacíficamente.
Durante unos minutos Tino blasfemó, insultó y no prestaba mucha atención a lo que le decían porque estaba fuera de sí. Empezó a razonar cuando vio que Javy cogía el teléfono y empezaba a marcar números. Le impidió hacer la llamada pero le acercó el billete de avión y los dejó marcharse diciendo que no quería verla a su lado ni que le volviese a hablar jamás.
Con lágrimas contenidas se despidió en el aeropuerto Carla. Prometió que en cuanto solucionase sus problemas volvería. Él también tenía húmedos sus ojos. La aseguró que si no regresaba antes de que terminase el año iría a buscarla.


Mar Cueto Aller

lunes, 7 de febrero de 2011

La fantástica Lai-Chi




Lai-Chi no era la más bella de las princesas de su reino. Tampoco era quien mejor danzaba. Ni cantaba más armoniosamente que sus compañeras. Pero, tenía una cualidad que la hacía imprescindible en todas las fiestas y reuniones. Su imaginación era tan portentosa que siempre cautivaba con sus relatos. Quizás no fuesen tan bellos como las leyendas escritas. Aunque, ella ponía tanta emoción que resultaban mucho más interesantes. Y casi todos los que la escuchaban se creían que cuanto decía era cierto por muy absurdo que fuese.
En las cocinas de palacio disfrutaban tanto al escucharla que solían prepararla los más exquisitos pasteles de arroz y cerezas para que merendase con ellos y les contase historias. Ella les solía relatar la del Jarrón enamorado de la tetera. Que era la favorita de las aprendices. O la del cocinero sabio que preparaba una sopa de letras que volvía inteligentes a cuantos la comían. Siempre la mandaban que las volviese a contar, en sucesivas reuniones, y ella invariablemente añadía o cambiaba muchos datos. Unas veces, porque no se acordaba de todos los detalles. Y otras, para hacerlas más entretenidas.
A las tejedoras y modistas también les encantaban sus cuentos. Por ese motivo la reservaban los tejidos de seda más lindos y suaves. Y siempre la estaban confeccionando los más bellos kimonos inspirados en sus palabras. Para compensarlas, les contaba la historia de la reina de las mariposas que fue destronada por presuntuosa. O la de la capa de la verdad, que impedía mentir a todos los que la vestían o la contemplaban.
En una ocasión, Lai-Chi invitada a tomar sus pastelillos favoritos mientras narraba sus fantasías, comió tantos que se empachó. A la hora de la cena no podía comerse la sopa de aleta de tiburón. Pensó que si sus compañeras tampoco comían la suya que la encargada del comedor no la castigaría. Y para que la imitasen se inventó una historia muy descabellada.
-¡No sé como podéis comer esta sopa!-Dijo fingiendo estar asustada- ¿No sabéis que este tiburón en realidad era una sirena?
-Ya estás con tus fantasías. Dijo Madame Li-Su que no te hiciésemos caso, que las cosas que dices no son ciertas. ¡Así que no nos líes!-La reprendió su amiga la princesa Loto-Li.
-¡Vale! Pues si no me creéis allá vosotras con vuestra conciencia…Yo desde luego no pienso comérmela. Después de saber que es una sirena este tiburón, mi conciencia no me lo permite.
.-Pero. ¿Cómo puedes creer que es una sirena? A mí me parece que es igual que la sopa que hemos comido tantas veces y que sabe tan buena.
-Porque era una sirena tan bonita, y que cantaba tan bien, que atraía a todos los pescadores. Ellos procuraban no cogerla nunca con sus redes. Pero, cuando ella terminaba de cantar pescaban a todos los peces que podían de los que vivían por allí. Los supervivientes estaban tan hartos de que pescasen a sus familiares que llamaron a una maga para que la convirtiese en tiburón. Y tenemos que callar…-dijo poniendo el dedo en los labios para pedir silencio- que se va a enterar la encargada y me va a castigar. Pues yo no pienso comer nada.
Las demás princesas se solidarizaron con ella y se negaron a comer. Además, como las insistieron en que no se acostaría ninguna hasta no terminar su comida, empezaron a llorar pues se imaginaban a la sirena en su plato y se las quitaba el hambre por completo. Aquella noche la pasaron en vela, hasta que conmovidos por sus tristezas las quitaron el castigo y las permitieron irse a dormir.
Pasaron varios días y volvieron a poner de cena la sopa que siempre les había gustado. Lai-Chi tenía mucha hambre, pues había estado cortando flores en el jardín, para hacer centros florales, y se la había abierto el apetito. Sus compañeras que no habían podido olvidarse de su historia de la sirena y el tiburón la miraron horrorizadas al ver que se disponía a comer sin quejarse.
-¿Qué estás haciendo Lai-Chi? ¿No pensarás comerte a la sirena, verdad?-Dijo su amiga Loto-Li enfadada.
-Pero si estas son aletas de tiburón autenticas. Podéis comerlas tranquilamente. No son de ninguna sirena.
-¡Entonces! ¿Nos mentiste cuando nos contaste aquella historia? ¡No volveré a creerte! Ya me parecía extraño que fuese cierto.
-¡Lo era, lo era1-Dijo tratando de ser convincente-pero no sabía aún la historia completa. Ahora que ya he hablado con los enviados del muelle que suministran el pescado, puedo aseguraros que estamos comiendo tiburón autentico.
-Eres una trolera. Y lo peor de todo, es que por tu culpa hemos llorado todas y nos hemos llevado un gran disgusto.
-¡Lo siento, de verdad que lo siento! Para compensar os contaré todo lo que pasó por completo con pelos y señales. Prometo no omitir ningún detalle.
-Te escuchamos, pero no creas que te vamos a dejar que nos engañes otra vez.
-Yo nunca os engañaría ¡Veréis! Lo que pasó es que la sirenita al estar convertida en un tiburón fue apresada en las redes de los pescadores junto a éste de la sopa. Mientras se enredaban en su cuello y la estrangulaban empezó a cantar una canción muy triste. El eco del mar llevó su sonido hasta la cueva donde vivía la maga. Era tan bonito el canto que conmovía a todos los seres que la escuchaban. Tanto a los marinos como a los terrestres. Ella al oírlo, se arrepintió tanto de su hechizo que acudió rápidamente en su ayuda. No soportaba la idea de no volver a escudarla cantar canciones alegres jamás. Y sabía que si no la ayudaba el recuerdo de aquellas notas tan tristes la atormentarían toda la vida. Durante un momento no supo que hacer. Si la convertía en una sirena normal, como siempre había sido, se la comería el otro tiburón que estaba hambriento. Y si la dejaba con ese aspecto la matarían los pescadotes. Trató de pensar cual sería la mejor solución. No se la ocurrió nada mejor que convertirla en una diminuta sirena, tan pequeñita, que al intentar comerla el tiburón se escapó entre sus dientes nadando de modo veloz. Pero al huir, su corona de oro quedo enganchada entre dos colmillos y él se la tragó. Por ese motivo tenemos que comer su carne con mucho cuidado para no tragarnos nosotras la coronita. Y quien tenga la suerte de encontrarla es muy probable que reciba su visita. Pues hasta que no la encuentre, no volverá a hacerse grande. ¡Así que amigas, comamos rápido y con mucho cuidado a ver quien es la afortunada!
Todas sus compañeras comieron la sopa de muy buena gana, pero, con mucho cuidado. Creían ciegamente que podían llegar a encontrar la coronita y a pesar de que ninguna lo consiguió no se sintieron desilusionadas. Pues, lo que más las molestaba no era no tener suerte, era que la tuviese otra de las princesas porque se le aparecería la sirenita solo a ella.
Aunque los mayores se daban cuenta de la astucia de Lai-Chi para usar su fantasía en beneficio propio, pensaban que era algo inofensivo e inocente. Tenían razón, pues nunca lo hacía con mala intención y no se paraba a pensar en las consecuencias. Solo su venerable maestro preveía que podía llegar a ser perjudicial. La aconsejó varias veces que tuviese cuidado con su imaginación. Pues corría el riesgo de desbordarse y de llegar a creerse ella misma cuanto contaba o podía terminar abusando de la inocencia de los demás. Le respetaba sumamente pero no comprendía como podían llegar a cumplirse sus temores. La parecía estar segura de que controlaba su fantasía plenamente.
Cierto día, su amiga Loto-Li llegó muy contenta a contarle que había visto bajo el cerezo una hermosa seta roja con lunares blancos tal como las que ilustraban los libros de cuentos.
-¡Es preciosa, tienes que venir a verla!
-¡Ah si, ya la he visto! Es el trono de la reina de las ninfas, que lo cambia de lugar para que nadie sepa donde está y no puedan destrozarlo. A mí suele decirme donde lo tiene porque sabe que yo jamás se lo rompería.
-¡Ni yo tampoco se lo rompería! Se lo he dejado intacto ¿Crees que a mi también me dejará verla?
-No lo sé, pero no creo, es tan pequeñita y tan frágil que teme que la hagan daño pese a los poderes tan mágicos que tiene.
La amiga de Lai-Chi insistió en que la presentase a la reina ninfa. Pero, en lugar de decirla que se había inventado su existencia, alimentó su curiosidad. La dijo que era ella quien la contaba todas las historias que sabía. También quien confeccionaba sus bellos kimonos, por lo que siempre resultaban más bellos que los de sus compañeras. E incluso quien la cocinaba los ricos pastelillos, con que en ocasiones la invitaba, que resultaban ser los más deliciosos de cuantos había probado. A Loto-Li le pareció que tenía que ser cierto todo lo que la contaba. Había visto con sus propios ojos todas las pruebas que lo indicaban. Por la noche, cuando todos dormían, se levantó muy sigilosa y se dirigió al jardín. Allí se sentó bajo el cerezo muy cerca de la hermosa seta que tanto la había gustado. Pensaba que no tardaría en aparecer la reina ninfa y no se puso ropa de abrigo. La noche era muy fría y enseguida empezaron a castañearla los dientes. Aún así, pensó que no tardaría en recibir su encantadora visita. Hacía esfuerzos para no dormirse, pero finalmente la venció el sueño. Por la mañana, al ver que no estaba en su cuarto, la buscaron por todo el palacio. A nadie se la ocurrió ir a buscarla al cerezo hasta que Lai-Chi lo sugirió. La encontraron medio congelada. Durante varias semanas su cuerpo se debatía entre la vida y la muerte. La pena y la tristeza inundaban los lugares donde antes reinaban la risa y la alegría. Todas las personas de palacio se unían en sus oraciones esperando un milagro. Al fin, después de mucho dolor e incertidumbre la princesa Loto-Li empezó a mejorar. Lo hacía lentamente y los médicos anunciaban que ya no podría volver a ser la mejor bailarina del reino. Apenas podría volver a caminar con dificultad.
Todos los habitantes del lugar daban gracias al cielo por la recuperación de la princesa. Nunca pudieron olvidar lo sucedido. Algunos decían que Lai-Chi se merecía un castigo. Pero, quienes la conocían sabían que lo sucedido ya era suficiente desgracia para ella. Desde ese día se negó a contar historias. De nada sirvió que la insistiesen para que volviese a ser la misma de antes. Aunque, quien sabe, hay muchas personas que no las han olvidado y todavía siguen intentando animarla para que vuelva a contarlas.

Mar Cueto Aller

viernes, 14 de enero de 2011

DESCENDIENDO



Cuando abandonamos el planeta Edenia sabíamos que dejábamos atrás un mundo de bienestar, plenitud y abundancia insuperables. Aún así, en nuestra inconsciencia, íbamos llenos de esperanza y de expectación. No guardábamos rencor al consejo supremo por habernos desterrado. Sabíamos que no les había quedado más remedio. Nuestra obstinación era la causante. Estábamos muy agradecidos de que en lugar de destruirnos, como estaba en su poder, nos hubiesen facilitado la nave necesaria para nuestra completa supervivencia. Intentaron por todos los medios de disuadirnos. Pero, todo fue en vano. La duda había germinado dentro de nosotros y ya no podría ser exterminada. Recuerdo las interminables charlas con las que trataron de reeducarnos. Y como, vez tras vez, frustraron todos nuestros intentos de rebeldía.
-¿Cuál es la razón de que deseéis ir contra la libertad preestablecida?-Nos preguntaban intrigados.
-Deseamos saber que se siente al hacer lo contrario de lo habitual-contesté con sinceridad.
-¿Para qué? Si lo habitual está comprobado que es lo mejor para todos nosotros. Y según los estudios que constantemente efectuamos ya se ha demostrado que los cambios son necesarios. Pero, deben institucionarse paulatinamente de modo que la adaptación sea lo menos traumática posible y se asegure el éxito y la ausencia de fracaso equilibradamente.
-Nosotros no queremos cambios lentos y seguros. Queremos rápidos y estrepitosos aunque se rompa la belleza, la tranquilidad y comodidad. Ya intentaremos arreglarlo, luego, cuando estemos seguros de que nos hemos equivocado.
-Pero, toda esa energía que se pierde de modo destructivo, es mejor emplearla de modo edificante como siempre hemos hecho y como la razón nos indica que debemos seguir haciendo.-Nos volvía a corregir uno de nuestros consejeros.
Nuestras mentes estaban tan ofuscadas que sus palabras nos entraban y salían por los oídos sin que nos parásemos a reflexionar. Solo las ideas de contradecirles nos causaban interés. Aún así, estábamos tan vigilados que en ningún momento pudimos poner en práctica nuestros subversivos deseos. Nadie, a excepción de nosotros dos, estaba dispuesto en todo el planeta a secundar nuestros actos. Ni mucho menos, a permitir que los pusiésemos en práctica. Cuando intentábamos saciarnos en demasía siempre había alguien dispuesto a impedírnoslo. Si se nos ocurría ir contra natura, no faltaba quien nos obligaba a reprimirnos. De no ser por mi compañero Adanio, nunca me habría atrevido a dar un paso semejante. Y me consta, que a él le hubiese sucedido lo mismo. Fue una suerte que nos predestinasen a ambos como pareja preestablecida. Siempre que estuve a punto de tirar la toalla él me animó. Cuando le faltaron las fuerzas, yo tuve que hacerle ver que aunque nos equivocásemos merecía la pena intentarlo.
Ahora, mientras consulta los datos del buscador planetario, yo me ocupo de registrar nuestros recuerdos con el dictáfono telepático antes de que desaparezcan. Es posible que en un futuro lejano nos sean útiles. Empieza a desanimarme nuestra búsqueda. Ya llevamos varios años luz y todas nuestras incursiones planetarias han sido un fracaso. En donde vemos brillar los astros con menos ímpetu, sabemos que moriríamos congelados al menor jirón en nuestros trajes calefactores. Y en aquellos que se ven más refulgentes sus estrellas no soportaríamos ni una milésima de segundo a la menor rotura de nuestra vestimenta isotérmica. Comienzo a estar harta de amontonarlos en el caramanchón de la nave, donde desechamos aquellos que se rozan y desgastan en el tendal cuando los ponemos a secar al colaire, después de lavarlos tras nuestras desmoralizantes excursiones. A este paso nunca encontraremos un lugar, semejante a Edenia, donde poder satisfacer todas nuestras dudas y anhelos.
Aunque Adanio sigue esperanzado ya no comparto su entusiasmo. Cuando me llama para que observe y elija nuevo rumbo me suelo hacer la remolona. Estoy hasta lo indecible de equivocarme. Ya no me hace gracia, como antes, el contar los lugares que vamos dejando atrás. Daría cualquier cosa por poder volver a deslizarme por la Nebreda de Edenia. Y si seguimos discutiendo constantemente, creo que no vamos a necesitar de otro planeta para poner en práctica nuestras ideas revolucionarias. Cualquier día nos saltaremos los protocolos de respeto y afecto que nos unen, y nos destruiremos el uno al otro, como sería impensable que hubiésemos podido llegar a hacer en nuestro planeta.
Hoy si que creemos haber visto una serie de nuevos cuerpos celestes que se podrían ajustar a nuestras formas de vida. No estamos muy seguros pero las coordenadas nos indican cierta similitud entre las distancias de Edenia y Lucinia nuestra estrella cercana. Para comprobarlo usamos repetidamente el catetómetro sobre los paneles luminiscentes de la pantalla pequeña del buscador y hemos calculando en sesquiáteros para mayor seguridad. Aunque hay varias rutas a seguir, nos decantamos por la que nos lleva al planeta que el computador central ha denominado con el nombre de Terraca. Por primera vez desde que empezamos el largo viaje me siento ansiosa por abordar el nuevo planeta. Según nos vamos acercando me va invadiendo una sensación de euforia que nunca antes había experimentado y noto que a Adanio te sucede lo mismo. Ya solo nos quedan apenas unas pocas horas luz y cuanto más lo observamos más fascinados nos estamos quedando.
Es maravilloso. No se parece en nada a la predecible y perfecta Edenia. Pero, Terraca tiene un encanto que sobrepasa todas nuestras expectativas. Ni siquiera vamos a necesitar ponernos ninguna clase de traje espacial. La temperatura parece adecuada para que la soportemos directamente sin cubrir nuestra piel. De hecho, casi toda la multitud de personajes que vemos sobre el planeta, en la pantalla, van desnudos. Aunque usaremos un ungüento protector para evitar posibles radiaciones. Nunca habíamos experimentado la sensación de exhibir nuestro cuerpo en público. Pero, es algo que nos excita y nos agrada sumamente. Ya nos hemos despojado de nuestros trajes de navegación y aunque hemos experimentado un poco de frío imaginamos que cuando salgamos al exterior nos sentiremos tan placidamente como los seres que observamos.
Tras estacionar la nave, los individuos que estaban bulliciosamente ocupados en sus sorprendentes quehaceres, se volvieron un instante a mirarnos. Sus curiosidades se disiparon enseguida y volvieron, al momento, a seguir entregándose a sus caprichosas acciones. Lo que más nos sorprende es el descomunal tamaño de algunos frutos. Vemos que hay individuos que se adentran en ellos para satisfacer su gula. Estamos deseando poder imitarles. Será la primera vez que nos alimentamos de modo tan absurdamente innecesario, pero, si no lo hacemos nunca sabremos lo que es sentirse ahíto hasta la saciedad. Quizás lleguemos a reventar. Es un riesgo que estamos dispuestos a correr.
No sé donde se encuentra mi compañero Adanio. Quizás consiga verle cuando termine de engullir ésto, tan empalagoso y blando, que se resbala de mi boca por mis brazos y mandíbula. Parece repugnante, pero soy incapaz de dejarlo. Creo que no podré parar hasta terminarlo o sucumbir en el intento. No, realmente no puedo. Cuanto más ingiero más y más rápido necesito seguir tragando.
Espero que mi mente siga en contacto con el dictáfono. Porque lo que estoy experimentando se escapa a mi comprensión. No me puedo creer lo que me están haciendo. Me han arrastrado fuera de la enorme baya con la que me estaba sobrealimentando. Ha sido un individuo que tropezó con mis piernas y como le han parecido inusualmente suaves ha comenzado a tirar de ellas y a lamerlas. Una serie de individuos que se encontraban cerca le ha comenzado a imitar. Yo al principio me defendía a patadas y codazos pues quería seguir con mi extraño banquete. Pero la excitación que me producen tantas caricias simultáneas me hace olvidar lo que sentía al atiborrarme de fruta. No solo les impresiona y atrae frenéticamente la suavidad de mi piel, también les enloquece el sabor de la loción que protege mi cuerpo. Resulta placentero y agotador que tantas multitudes deseen copular conmigo. No puedo distinguir entre tantas personas quienes son las que me han poseído. Pero estoy segura que entre ellas hay varios animales. Porque cuando trataba de evitarlas me empezaron a aprisionar con garras y uñas que se han clavado en mí, y sus picos se introdujeron dolorosamente en mis aberturas corporales. Empiezo a darme cuenta de que siento dolor, algo que nunca en mi vida había sentido jamás. Es algo difícil de soportar, que me obliga a chillar, y enfurece a las bestias que me rodean. Para poder soportarlo, trato de trasmutar en mi cerebro el dolor convirtiéndolo en placer.
La mayoría de los seres que observo a mi alrededor son muy veleidosos. Cambian constantemente de actitudes y de deseos. No puedo confiar en ninguno, y no veo a Adanio por ningún lugar. Ni siquiera puedo comunicarme telepáticamente con él. Mi mente está embotada por el cúmulo de sensaciones y no me siento con fuerzas para ordenar al dictáfono que deje de realizar su función. Tampoco soy capaz, aunque lo intento, de volver a dirigir mis sentidos para diferenciar el sufrimiento y el gozo. Necesito constantemente que me maltraten para sentirme viva, aunque sé que si continuo permitiéndolo me destruirán completamente. Los individuos que me utilizaron hace un momento, también son conscientes de que podrían matarme, me están empujando para que me meta en alguno de los lagos a descansar. Yo no quiero, pero no me queda más remedio. Trato de rebelarme y dominarles. No quiero descansar. Estoy hiperactiva. Me empujan hacia mi nave. No quieren que me quede aquí. No encajo en este lugar. Me gritan que me vaya y que no vuelva.
Sorprendentemente, cuando me obligan a empujones a que me introduzca en la nave, veo que a Adanio también le traen de la misma manera. Los dos estamos destrozados. Nuestro aspecto es tan lamentable como nuestros ánimos. Solo una respiración de alivio, al divisarnos mutuamente, nos ha dado fuerzas necesarias para alejarnos de allí. Ahora que ya sabemos lo que es el dolor, el exceso, la fealdad y la autodestrucción, sabemos que ya no podremos regresar nunca a Edenia. Tampoco podremos hacerlo a Terraca donde seremos siempre personas non gratas. Solo nos queda el recurso de vagar por el espacio hasta que se nos desgaste el motor de la nave. O adentrarnos en ese planeta que parece tan inhóspito y el computador central denomina Infernia.


Mar Cueto Aller

domingo, 9 de enero de 2011

LA SULTANA AVENTURERA



Ananda era hija de la favorita del sultán de Kapurtala. Cuando nació en el harén esperaban que fuese un varón. Las demás esposas y concubinas se alegraron de que se hubiesen frustrado las expectativas. Auguraban que el todopoderoso dueño del lugar las repudiaría al enterarse del suceso. Tal como había sucedido con sus anteriores favoritas. Hubiesen acertado de no ser por un incidente inesperado que aconteció en el momento en que se decidió a darles la funesta noticia. No quiso enviar a un emisario en honor a los tres años de felicidad y espera que le había procurado la desafortunada madre. Aunque se sentía tan colérico que no se imaginaba que nada pudiese hacerle desistir de su decisión.
Cuando se personó ante Mandala para desterrarla a la zona de la primera muralla del harén, donde se encontraba el refugio de los afligidos, le entró curiosidad por ver a la pequeña que llevaba en sus brazos. Destapó la sabana de seda multicolor que la envolvía y quedó sorprendido al ver la hermosa y tupida cabellera negra de la criatura. Idéntica a la suya. Sus rasgados ojos negros tenían un brillo especial como los de su madre. Poseía también unos pequeños y carnosos labios que le parecieron dedicarle una linda sonrisa. Por un momento sintió miedo de que la pequeña le cautivase y no tuviese valor para repudiarlas. Quiso saltar hacía atrás para alejarse de aquél ser que le hipnotizaba. Pero, cuando se disponía a hacerlo la diminuta mano de la niña le agarró el dedo índice y se lo llevó a los labios como queriéndolo besar. Quedó totalmente desarmado y se olvidó de que su deseo era deshacerse de aquellas dos mujeres y buscarse otra favorita, entre los centenares que había en el harén, para que le diese un heredero.
No pasó ni un solo día en que no visitase personalmente a su adorada hija. Mandó que la educasen en todas las artes según iba creciendo. Incluidas aquellas que siempre habían estado vedadas a las mujeres, como la esgrima, el tiro con arco y la equitación. No había capricho que no le concediese a la sorprendente princesa por inusitado que pareciese. Olvidó por completo que su deber era procurar a su sultanado un heredero. Aunque sus consejeros intentaban recordárselo continuamente, él les desoía, porque pensaba que nadie podría ser mejor para dirigir sus posesiones que su encantadora hija.
Apenas tenía diez años Ananda cuando su padre enfermó notablemente. Le aconsejaron que eligiese un heredero entre sus parientes, a ser posible el que mejores facultades demostrase poseer, antes de que falleciese y sus enemigos se quisiesen apoderar de sus dominios. Muy a su pesar, tuvo que aceptar el consejo, porque veía que su final se acercaba.
Antes de fallecer eligió como sucesor a un sobrino lejano, hijo de un primo, del sudeste de Pakistán. Tenía diecinueve años y destacaba por su aplomo, su gallardía al manejar el sable y su facilidad para domar caballos. Se llamaba Malik y era casi tan alto y apuesto como el viejo sultán en su juventud. Todas las esposas y concubinas a excepción de Mandala y Ananda se enamoraron de él a primera vista. Pues empezaron a idealizarlo y a atribuirle todas las cualidades que sus ociosas imaginaciones deseaban que poseyese.
-¿Has visto Mandala lo joven y bello que es el nuevo sultán?-La decían con complacencia e intención provocadora las compañeras del harén-¿No crees que él es demasiado joven para ti? ¿Y que tu hija es demasiado joven para él?
-Desde luego-respondía orgullosa-nadie lo pone en duda.
-Ahora ya no gozareis de su favor como con el viejo sultán. Quizás hasta perdáis todos los privilegios que teníais por haber sido su favorita.
-Eso es algo que solo al nuevo sultán y a nosotras nos compete.
-¡Bueno! Tampoco es para ponerse así…Yo solo lo decía por si querías decirnos tu opinión.
-Pues ya veis que deseo reservármela-dijo tajante- No se hable más del caso.
Malik quedó tan sorprendido cuando vio por primera vez a Ananda que creyó estar viendo espejismos. Jamás había visto a ninguna mujer montar a caballo y menos disparando con precisión a la vez una flecha. Quiso alcanzarla corriendo a galope en su dirección. Pero la niña al ser más ligera, y montar la mejor yegua del palacio, resultó inalcanzable. Desde ese momento, quedó tan prendado de ella, que se prometió a si mismo que en cuanto se hiciese mujer la desposaría. Mientras tanto, como todo sultán, se entretenía diariamente variando de concubinas. Aún así pasaba mucho tiempo visitando a Ananda e informándose de sus progresos en todas sus aficiones. Ella reconocía que era atento y amable. E incluso se divertía cuando la acompañaba. Pero, no tenía ningún interés en ser su esposa. Ni tampoco en serlo de nadie. La parecía horrible el ver como las mujeres se peleaban por despertar su atención. Y como él las rechazaba, a casi todas, vez tras vez. Pero, lo que más desagradable la resultaba era el saber lo que se hacía con los varones que nacían en el harén. Solo ella veía antinatural que se les convirtiese en eunucos. Aunque, en el fondo, a todas las madres les dolía que a sus hijos les practicasen tan dolorosa amputación.
-Si yo fuese sultana-solía decir a las madres que se veían en la desagradable situación de entregar su hijo para que le practicasen la operación, tan dolorosa y necesaria, que le permitiría continuar viviendo en el harén- Prohibiría la castración. No me parece justo que los demás hombres no puedan tener mujeres y que el sultán tenga tantas para él solo. ¿No os parece que tengo razón?
-¡Calla deslenguada! Solo él tiene derecho, porque es el dueño de todo-la decían indignadas.
-Pues que lo reparta, y así todos estaríamos tan contentos.
-¡Como te oiga, te va a matar! Seguro que entonces te desterraría para siempre de todas sus posesiones.
-Pues, quizás sea lo mejor que podría sucederme. Empiezo a cansarme de tanta injusticia y tanto egoísmo.
Aunque, Ananda siempre exponía sus opiniones sin reparo ante todas las personas del lugar, se las reservaba cuidadosamente cuando se hallaba ante Malik. Sabía que él tenía a su favor todos los privilegios y todas decisiones que se le pudiesen ocurrir y que si quería contradecirle debería usar toda su astucia. Por ese motivo, cuando la dijo que ya le parecía lo suficiente mayor como para ser su esposa, le lanzó un tentador desafío.
-Me siento muy alagada mi señor. Pero, antes de casarnos me gustaría que me permitieses ir a buscar “La perla Malasia de la verdad”. Dicen que solo la persona más valiente del mundo podría conseguirla.
-Mi querida niña. Esa es empresa para un varón, y creo que yo sería el más indicado para encontrarla. Pero, no temáis, en cuanto la encuentre os la entregaré como regalo de boda.
-Permitidme que salga en una expedición para buscarla y si vos la encontráis antes, hacédmelo saber tocando la caracola imperial para que regrese. De lo contrario, yo haré lo mismo sonando la mía, de ser yo quien consiga la preciada perla y os veríais en la obligación de buscar otro tesoro que estuviese a la altura del ya conseguido.
Nadie comprendía el motivo de que el nuevo sultán permitiese a Ananda tantas libertades. Pero lo cierto es que por primera vez en la historia de Kapurtala se le permitió a una mujer salir del Harén. Iba acompañada de todo un sequito de eunucos. Los más hábiles comerciantes, luchadores y exploradores del lugar. Estaban llenos de euforia, seguros de que vencerían al sultán y a su séquito, y con la ventaja de que sabían quien poseía “La perla de Malasia de la verdad”. Mientras que Malik y sus acompañantes con su arrogancia y su prepotencia no dudaron ni un momento en que serían ellos quienes conseguirían el botín.
Ananda estaba tan fascinada ante los paisajes del desierto y de los oasis que estuvo tentada en fugarse y no regresar jamás al harén. Desistió de su deseo por temor a que su madre sufriese las consecuencias. Aunque, gracias a sus compañeros consiguió hacerse con la perla sin grandes dificultades. Fue demorando el regreso, pero al final, la aconsejaron que avisase con la caracola y le demostrase al sultán que había ganado en la búsqueda.
El sultán no se tomó muy bien la derrota. Era la primera vez en su vida que le sucedía tal cosa. Y para consolarse le dijo a Ananda que celebrarían en breve su boda. Ella volvió a retarle con otra competición. Le dijo que deseaba encontrar antes “La mágica ave multicolor parlanchina” Malik nunca había oïdo hablar de semejante ave. Preguntó a los sabios y como le dijeron que aunque eran muy raras de ver si habían oído que existiesen, partió en busca de ella y permitió que Ananda partiese con sus inseparables eunucos.
La joven volvió a conseguir su objetivo para irritación del sultán. Pero, cuando ella le regaló la graciosa ave y le saludó con sus roncas y simpáticas palabras se le pasó el enfado.
-¡Viva el sultán favorito! ¡Viva el sultán favorito! ¡Viva, viva!
Tras ese reto, llegó el de encontrar “El ojo de Visnú” que era un enorme diamante de deslumbrante pureza. Después “La planta devoradora” A continuación “El sable de la victoria” y “El pez brillante de los mares abisales” Tantas y tantas expediciones hicieron, que cuando se quisieron dar cuenta, ya eran demasiado mayores para seguir con tales aventuras. Ananda se dio cuenta de que en el fondo amaba al sultán. Ya no la molestaba la idea de casarse con él. Y Malik de que no podría amar a ninguna otra mujer. Por ese motivo la prometió que concedería la libertad a todas las personas del harén, que podrían quedarse a trabajar en él voluntariamente. Nunca más se practicarían operaciones tortuosas en su mandato. Cosas que cumplió a rajatabla, pero, su sultanado no fue muy duradero.


Mar Cueto Aller