domingo, 31 de octubre de 2010

LA ESCRIBIDORA



Disfrutaba trazando rayas. También se deleitaba escribiendo números y letras. Tenía costumbre de anotar cuanto pensaba. Su entorno estaba lleno de papeles. Sobre la mesita había cuadernos para anécdotas, sueños y cambios biológicos. En la cocina nunca faltaban libretas de recetas e inventarios. Sus estanterías tenían índices de: discos, libros, películas, manuales y catálogos. Guardaba celosamente sus impresiones. Inventó una clave para que nadie entendiese sus escritos.
Los datos empezaron a perseguirla. Se amontonaban revoloteando sobre su cabeza. A veces la golpeaban. Incluso oprimían su pecho.
Siempre habían ridiculizado su necesidad de dejar constancia de cuanto la rodeaba. No quiso compartir con nadie sus inquietudes. La encontraron sobre un lecho de inmaculadas hojas blancas.

sábado, 30 de octubre de 2010

EL REECUENTRO


“El reencuentro”

La limusina blanca se detuvo justamente ante la entrada del Hotel Plaza. El chofer abrió la puerta y ayudó a la joven a salir del vehículo. Lo hizo lentamente con parsimonia estudiada. Se colocó en la cabeza, estratégicamente, la negra pamela que llevaba en la mano. Hacía juego con: los zapatos, el bolso y las gafas de sol. Su ajustado traje, color azul turquesa, la tapaba hasta la rodilla descubriendo parte de sus admiradas piernas. Caminó con paso firme y seguro, como quien está acostumbrada a ser el blanco de todas las miradas, bajo el largo toldo que conducía hasta la entrada. El portero con su gorra de plato y su colorido uniforme lleno de dorados adornos intentó saludarla. Aunque solo llevaba un año ocupando ese puesto, estaba acostumbrado a dirigirse con deferencia y distanciamiento a todos los clientes del hotel. Sabía que la mayoría eran: estrellas de cine, divas famosas, políticos de fama internacional, aristócratas, banqueros y gente de la jet-set. Nadie conseguía realmente impresionarle. Pero, esta vez, se había quedado casi sin habla.
-¡Jhonny, eres tú! Casi no puedo creerlo. Cuanto tiempo sin vernos. Anda, no seas rencoroso, dame un abrazo…-Dijo la muchacha a la vez que tomaba la iniciativa para abrazarle.
-¡No puedo, estoy trabajando! Si me ve mi jefe, me despide en el acto. Entre otras cosas, porque se moriría de celos. ¡Estás preciosa! ¡Más guapa que nunca!
-¡Tú si que estás imponente! Sigues siendo el chico más guapo del Monroe High College. ¿Cómo tú por aquí?
-Es muy largo de explicar. Ahora no es el momento. Aunque daría parte de mi vida por volver a tomar unas birras contigo, que me contases que ha sido de tu vida desde hace dos años y explicártelo todo.
-¡Pues, aquí tienes mi tarjeta! Ahora tengo que subir a mi habitación y después a las sesiones de maquillaje y peluquería. Por la tarde, tengo que ir a la 5ª avenida a desfilar en la carpa de la Bryant Park, pues comenzamos la New York Fashion Week. Pero, en cuanto termine el desfile y me pueda zafar del cóctel te llamo. Déjame tu numero y cuenta conmigo. ¡Ya sabes que no admito un no por respuesta!
Ella empezó a recordar la primera vez que le conoció en el barrio. Cuando tenía siete años y Fanny se había burlado de sus coletas rubias como siempre hacía. Nunca habían pasado desapercibidas entre tanta gente de pelo negro. Para bien, o para mal, habían sido su signo distintivo desde que tenía uso de razón. La niña, movida por la envidia, solía llamarla “pelos de rata” cuando veía que alguien alababa aquella cabellera. A Lisy siempre la había molestado, pero, se aguantaba con estoicidad. Aquél día, al hacerlo delante de Jhonny, no lo pudo soportar. Se acercó a ella y agarrándola su crespo cabello tiró de él con todas sus fuerzas.
-¡Ya estoy harta! Ahora la que va a tener pelos de rata vas a ser tú. Porque si vuelves a llamarme así, te los voy a arrancar todos. ¡Está claro!
Fanny se había ido llorando a contárselo a sus dos hermanos, quienes llegaron corriendo a defenderla. Lisy, no tenía hermanos a los que poder recurrir. Pero, entre ella y Jhonny, que había presenciado toda la escena sin conocerla, dejaron caos a los tres.
Él, por su parte, se puso a recordar la última vez que se habían visto. Cuando le dijo que estaba harta de aquél maldito barrio y que pensaba irse. No creyó que lo decía en serio. Pensó que se trataba de uno de sus dichosos berrinches. Que lo que había entre ellos sería eterno. Ni siquiera podía creérselo cuando pasaron las semanas y vio que no daba señales de vida. La buscó por todas partes. Terminó dejando los estudios y trabajando de camarero. Pensaba, que después de todo, no le había ido tan mal. Siempre había tenido don de gentes. Estaba contento con el trabajo que desempeñaba ahora. Para un joven del Bronx, no estaba mal. Claro que no llegaría nunca tan alto como Lisy. Ella si que había tenido siempre altas aspiraciones. Nada ni nadie podía detenerla cuando se le metía algo entre ceja y ceja.
Aunque no hizo ninguna llamada, pues temía que Lisy ya no fuese la misma y en el fondo no quisiese saber nada de él, ella preguntó en el hotel y le invitó a tomar un café. Estaba tan contenta de verlo que no pensaba renunciar a su amistad por segunda vez. Ahora que sabia donde estaba, pensaba que ya nada podría separarlos.
-¿Porqué no me llamaste? No tenías ganas de verme y de que te contase por qué estoy aquí. ¿Qué hice en estos dos años, y todas esas cosas?
-¡Me moría de ganas! Pero, pienso que ahora que eres una top-model no te interesa que te vean con alguien como yo.
-¡Ja, ja! No me hagas reír, yo no soy una top-model, solo soy una modelo que ha tenido suerte y hoy luce la ropa de un buen modisto, porque está sustituyendo a otra modelo que está enferma. Ya sabes, la anorexia hace estragos en algunas chicas. Pero, lo más seguro es que mañana vuelva a desfilar en almacenes de Pret a porté. Además, a mí no me gusta esta vida. Que por otra parte, suele ser muy corta. A las modelos enseguida nos remplazan por otras más jóvenes. Yo lo que quiero hacer es ver mundo. Viajar por todos los países interesantes y exóticos que hay. Luego, me dedicaré a escribir historias sobre ellos. Esa es mi verdadera vocación.
-¡Sigues pensando igual! No me lo puedo creer. Como siempre te dije: eso es un sueño, y los sueños nunca se realizan. Hay que tener los pies sobre la tierra. Yo me conformo con tener una casa, encontrarte en ella todos los días cuando llegue de trabajar y tener dos niños. Una niña tan bonita como tú y un niño tan fuerte como yo, pero mejor estudiante. ¿No te parece que es lo mejor que se le puede pedir a la vida?
-Eso lo puede hacer cualquiera. A mí, eso no me llenaría. No quiero pasarme la vida en esta ciudad. Existe algo más. Quiero aprender idiomas. Ver países donde las costumbres son totalmente distintas. Donde cada día es diferente. Donde uno jamás se aburre. Y lo mejor de todo, es que luego lo puedes mejorar con tu imaginación. Inventarte historias sorprendentes. Vivir vidas increíbles. Tú también puedes hacerlo. Ahora te has descuidado un poco. Pero si haces ejercicio y te cuidas enseguida podrías trabajar también de modelo. Solo hasta que consigamos dinero para dar la vuelta al mundo. Después los dos podríamos dedicarnos a escribir. Sería maravilloso.
-¡No! Yo no he nacido ni para viajar, ni para escribir. Lo de escribir es un don que yo no poseo. Tú puede que si. Si eso es lo que quieres, sigue adelante. Yo tengo una chica, una mujer sencilla que solo aspira a lo mismo que yo. Si tú quieres, podría dejarla. Preferiría verte a ti, cuando llegase a casa. Que mis hijos se pareciesen a ti. Pero, que te dejases de esos sueños y esas fantasías que no conducen a nada. No es necesario viajar para ser feliz. ¡Yo no soy como tú, no soy tan aventurero!
-Pero si yo no soy aventurera. Claro que no es necesario viajar. Pero, es lo mejor en lo que se puede emplear el tiempo y el dinero. No hace falta que nos pasemos años viajando. Solo necesitamos conocer gentes y cosas interesantes. Eso también podemos hacerlo aquí. Luego viajaremos con la imaginación. Eso si que es necesario. Si no lo hiciese me volvería loca. Pensaría que la vida no vale para nada. No soporto la vulgaridad. ¿Quieres una vida vulgar? ¡Pues, no cuentes conmigo!
Se besaron y se separaron. Ninguno de los dos podía imaginarse que pasados treinta años volverían a encontrarse en la puerta del Hotel Plaza. Ella ya no viajaría en limusina blanca, lo haría en su ford de segunda mano. Ya no despertaría pasiones con su imponente físico. Lo haría con sus originales historias desarrolladas en lejanos países. El premio que acudiría a recoger no tendría gran valor monetario. Pero la produciría un cosquilleo de satisfacción saber que al menos al jurado de aquél certamen literario le habría gustado su pequeño relato. Él no podría quedarse a presenciar toda la entrega de premios. A las ocho tendría que cenar con todos sus familiares para celebrar el primer cumpleaños de su segundo nieto.

Mar Cueto Aller

jueves, 21 de octubre de 2010

la ciudad de Algaria



Cuando me dirigía por primera vez a la ciudad de Algaria iba de muy mala gana. Jamás hubiese aceptado visitarla de no ser por las entradas para el ballet con que me sobornó mi marido. Yo creía que sería como la ciudad de Dubai todo lujo superfluo y absurdo, conseguido a fuerza de esclavizar a la servidumbre. Como no me tocaba conducir a mí, y el tráfico era muy denso, estaba llena de ira contenida que se fue aplacando según llegábamos a la alameda. A lo lejos se veían las murallas como un enorme tablero de ajedrez, cuyas casillas negras eran luminosos paneles solares y las blancas parecían de nácar irisado que resplandecían pese a ser un día gris. Al llegar a la puerta me tocó bajarme para llamar al timbre. En otras circunstancias hubiese renegado quejándome y soltando algún taco. Pero, insólitamente me bajé sonriendo y sin rechistar. No me había sentido tan relajada ni cuando había practicado meditación trascendental. Al momento salieron a recibirme una pareja de jóvenes vestidos de alegres colores. No sé la edad que tendrían, pero al sonreír y dirigirme la palabra, pensé que quizás serían más maduros de lo que me parecieron a simple vista. Me dijeron que no se podía entrar con vehículos que no fuesen ecológicos y que había un aparcamiento en la zona lateral donde podíamos aparcarlo. En lugar de protestar como era de esperar en mí, les dije muy tranquila que volvería con mi familia caminando en cuanto aparcásemos el coche.
Al entrar en la ciudad quedamos fascinados. Todo era tan diferente a lo que estábamos habituados a ver que nos apetecía tocarlo y olerlo e impregnarnos de la fragancia que se respiraba.
-¿A qué huele? Parece a jazmines, rosas, romero y un toque suave de menta.-Pregunte a nuestros cicerones.
-¡A mi me parece una mezcla de café, hierbas aromáticas y exquisito licor!-Exclamó con placer mi esposo.
-¡No tenéis ni idea!-Dijo mi hijo-Huele a caramelos, bombones y gominotas.
-Pues yo creo que mamá tiene razón, que es a rosas, flores y todo eso que huele tan bien.
-En realidad los ambientadores que emanan de las farolas tienen diferentes aromas, que van cambiando, y nuestros olfatos las seleccionan según nuestras preferencias.-Nos explicó la guía.
Seguimos caminando por el fragante parque. Los bancos y los indicadores parecían alegres y encantadoras esculturas de animales o flores que parecían hechas de goma policromada. No pudimos resistirnos a la tentación de pararnos para probarlos y nos encantó sentir lo suaves y cómodos que eran. Aunque nos apetecía quedarnos allí comprendimos que teníamos que levantarnos y continuar la visita. Enseguida mis hijos se fijaron en una zona recreativa que había a la derecha donde montones de niños jugaban alegremente.
-¿Podemos quedarnos aquí mamá? ¿Podemos quedarnos? ¡Te prometo que no nos moveremos de aquí hasta que volváis a buscarnos!-dijo mi hijo dando un manotazo sin querer a una de las farolas y nos sorprendimos todos al ver que rebotaba sin haberse hecho ningún daño-¡Además, no duele nada! Todo es blandito y elástico.
Me quedé dubitativa esperando que mi marido o nuestros acompañantes se pusiesen a tomar la decisión por mí. Me llevé la agradable sorpresa de que no lo hiciesen pero me dedicaron una suave sonrisa de aprobación. Así que no pude negarme y les dije que no se les ocurriese alejarse, del sitio que se veía ante nuestros ojos, por muy atrayentes que pareciesen el resto de los columpios y toboganes. Asintieron de buena gana y al subir los escalones para atajar la rampa la niña tropezó y se cayó de rodillas. Yo grité asustada pero ella se levantó rebotando como si el suelo fuese una cama elástica y blanda.
-¡Mami no pasa nada! Está todo controlao-me tranquilizó la niña alegremente y nos hizo reír con las mueca que hizo al levantarse y girarse con cierta chulería.
No estaba acostumbrada a dejar a los niños solos en ningún parque. Pero tuve la sensación de que no corrían ningún peligro y nos fuimos tranquilamente. Nos preguntaron si preferíamos un piso o un chalet. Los dos respondimos a la vez que preferíamos la segunda opción. Nos reímos al coincidir con las mismas palabras y nos llevaron a una zona muy bonita donde todas las casitas tenían un lindo jardín, en la zona delantera, y una huerta en la parte de atrás. Todas eran diferentes, pero tenían en común los paneles solares y las placas nacaradas. Aunque cada una solía tener su particular tono irisado.
Me fijé que la carretera era muy ancha y tenía varios carriles de diferentes tamaños. Unos cuatro para bicicletas y patines, y los otros cuatro para coches lentos y rápidos. El aire que se respiraba era tan limpio como el de la sierra y pese a estar lleno de flores hasta en los árboles a nadie parecía causarle alergia. Nos explicaron que los jardineros eran expertos en botánica transgenetica y que se daban cursos de información para quienes quisiesen practicar la jardinería o la agricultura en sus tierras. O simplemente para quien quisiese informarse a nivel de usuario.
Las casitas eran todavía más fascinantes por dentro que por fuera. No solo tenían todas las comodidades deseables. Además, su sistema de funcionamiento y de reciclado de residuos parecía inmejorable. No solo se aprovechaba el agua utilizada de los fregaderos para los baños y la riega, también los residuos del WC para la formación de combustibles y de abonos. Los técnicos de mantenimiento se encargaban de poner a funcionar las depuradoras y suministraban los detergentes para que fuesen todos biodegradables y no contaminasen nada en absoluto. Pero, lo más bonito es que casi todas las ventanas daban al mar. Las que no estaban orientadas en esa dirección, tenían unas pantallas monitoras intercaladas entre las que ofrecían las vistas exteriores, desde las que se podía ver y programar para tener las vistas que uno desease.
La seguridad de la ciudad estaba casi garantizada. En los cincuenta años desde que se había fundado no se había registrado ni un solo caso de criminalidad. Los habitantes estaban siempre tan ocupados en aprender cosas nuevas, y en poner en práctica sus aficiones favoritas, que no tenían ni tiempo ni deseos de delinquir.
Al terminar la visita fuimos a buscar a los niños, que estaban tan encantados con los amigos que habían hecho en el parque, que no se querían ir. He de reconocer, que hasta yo deseba quedarme. Pero, nos volvimos a casa con la esperanza de poder arreglar pronto: todas las gestiones necesarias para trasladarnos, lo antes posible, a la que deseábamos que fuese nuestra nueva ciudad.

Mar Cueto Aller